¿Para qué sirve la filosofía política? (Sobre el asesinato de la filosofía política como una de las bellas artes)

Felipe Curcó Cobos

La idea central que voy a debatir en este breve texto es arcaica, ondulada e intermitente, como un ciclo de Kondratiev. Obedece a un prejuicio carente de fundamento, justo como los célebres ciclos del economista soviético. Pero al igual que ellos, va y viene por periodos que ocurren cada 50 o 60 años. Se trata de una idea que todos hemos escuchado alguna vez. Podemos resumir el alcance de esta idea en una sola frase: la filosofía política está muerta. La ha matado el feliz desarrollo de la ciencia, el auge del positivismo, la desaparición de las ideologías, el triunfo de la técnica, o una alegre combinación de todas esas cosas. Como sea, y sin importar mucho la causa, la buena nueva suele anunciarse de tanto en tanto con la misma frivolidad con la que acontecen las modas, aunque con el mismo tono exultante y firme con el que uno se imagina al grumete Rodrigo de Triana haber gritado por vez primera al avizorar el Continente: ¡tierra!, ¡tierra!

Así es como, al modo de un descubrimiento pasajero, cada cierto tiempo escuchamos decir: ¡la filosofía política está muerta! Y hoy la proclama vuelve a estar de moda en algunas universidades.

I

Un cadáver, por definición, debe desaparecerse. No sea que su descomposición termine por contaminar el entorno. Si la filosofía política está muerta, lo mejor que podemos hacer es enterrarla para evitar que nuestras alumnas y alumnos tengan el menor contacto con ella. Desaparecerla de nuestras escuelas, borrarla de los mapas, dejar su nombre por nostalgia o placer cosmético en algún programa de estudios. Y luego encargarnos muy bien de que lo que ahí se imparta sea ciencia: nunca algo tan alquímico, etéreo, metafísico y poco serio. Nunca filosofía. Algunas universidades llegan incluso al paroxismo del absurdo: prefieren, si se puede, que los profesores que en ellas imparten los cursos de filosofía política no sean filósofos.

Matar la filosofía política ha sido pasatiempo histórico cada tanto tiempo. En México fue deporte nacional entre los académicos porfiristas que dominaron la escena intelectual del país durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, hasta que Antonio Caso y sus compañeros de generación decidieron emprender una dura batalla contra el neopositivismo que Gabino Barreda y Justo Sierra habían importado de Francia a México. Su intención era muy simple: mostrar que el proyecto positivista orientado a desideologizar el conocimiento y librarlo de toda carga de valor, era algo que en realidad atendía a un proyecto ideológico cargado de valoración.

Un poco de análisis filosófico podría ayudar mucho a mostrar cómo es que el positivismo resulta inconsistente con sus propias cláusulas.

De acuerdo a la aseveración del positivismo lógico clásico, un enunciado es cognitivamente significativo solo si de él puede decirse que es verdadero o falso: (i) en virtud de que sea analítico o autocontradictorio, y/o (ii) en virtud de que sea susceptible, al menos en principio, de examen experimental.[1] Puesto que esta pretensión del empirismo es ella misma un enunciado, estamos en nuestro derecho a preguntar si es una oración significativa o no. Si lo es, entonces debe ser susceptible en principio de examen experimental (pues es claramente no analítica y suponemos que no es contradictoria). Pero también es claro que no es susceptible de examen experimental, ni siquiera en principio, en el sentido positivista de ‘experiencia’, porque al menos algunos de sus términos (como ‘cognitivamente significativo’) no son observacionales o reductibles a términos observacionales. De este modo tenemos que la premisa fundamental del empirismo, según lo establecido por sus propios criterios, no puede ser considerada ella misma una oración con significado.

Como punto de apoyo a su posición anti-positivista, Antonio Caso y los miembros del Ateneo de la Juventud acudieron a una tradición que en Francia había mantenido un combate paralelo: el espiritualismo y la filosofía de la ciencia de Émile Boutroux.

Boutroux defendía la estricta separación entre filosofía y ciencia, argumentando que la razón teórica no puede captar la completa totalidad de las cosas, por lo que la ciencia necesariamente requiere apoyarse no únicamente en los principios de la razón, sino en los de la voluntad y la razón práctica. Casi por la misma época, en Alemania, Weber contribuía a redondear y explicitar este argumento, al mostrar cómo es que ni la ciencia ni la racionalidad son capaces de dar cuenta de sí mismas. Lo muestra la simple interrogante por el sentido último de estas dos actividades. A la pregunta: “¿por qué debemos ser racionales?” se advierte sólo podemos responder de dos formas: o bien desde dentro de la razón (brindando razones e incurriendo de este modo en una petición de principio consistente en ofrecer como respuesta justo aquello que está siendo puesto en duda), o bien desde fuera, reconociendo que la decisión de ser racional obedece a un acto de fe que no puede ser justificado racionalmente. Lo que esto implica, entonces, es que la racionalidad misma es incapaz de dar una razón no circular para justificar la finalidad que la alienta, lo que en otras palabras equivale a exhibir la irremediable presencia de un momento de decisión último que nunca está sujeto a control crítico. La decisión de ser racional, por tanto, es –ella misma– no racional.

También la ciencia representa un idéntico fracaso en la racionalidad de fines, porque, la ciencia, es capaz de decirnos cuáles son los medios más eficaces para alcanzar fines “dados” o ya “preestablecidos”, si bien esta capacidad tiene como correlato una absoluta impotencia para decirnos cuáles son los fines o los valores racionalmente más dignos de ser deseados. De ahí que la ciencia –señalara Weber– “carece de sentido ético, puesto que no tiene respuesta para las únicas cuestiones que nos importan, las de qué debemos hacer y qué objetivos debemos perseguir” ([1919] 2004, p.101). Racionalidad y ciencia presuponen siempre la validez de su lógica y los objetivos normativos inherentes a ella. Todas las ciencias de la naturaleza tienen la respuesta para el interrogante de qué debemos hacer si queremos dominar técnica o instrumentalmente la vida, pero “todo cuanto se relaciona a si debemos o queremos ese dominio y si éste tiene en verdad sentido, es pasado por alto o bien considerado previamente como afirmativo” (Weber [1919] 2004, p.103).[2] De este razonamiento de Weber se extrae algo importante: si la elección de valores, supuestos, y finalidades últimas no es algo que quepa hacer desde la ciencia o la racionalidad instrumental estricta —una racionalidad que se ocupa solamente de los medios más adecuados para alcanzar “fines ya dados”—eso significa que, o bien esa elección es irracional, o bien se lleva a cabo desde una racionalidad distinta, esto es, una racionalidad de tipo moral, ética o filosófica.

Al igual que en México, 50 o 60 años después de la fundación del Ateneo de la Juventud, aniquilar la filosofía política se convirtió también en pasatiempo preferido entre los académicos norteamericanos que dominaron la escena intelectual anglosajona durante la década de los años sesenta. En su Principa Ethica —libro canónico de la época—, Moore defendía con argumentos empiristas la muerte de la filosofía moral y la filosofía política. Para ello trazaba una importante diferencia entre concepto e intuición. Los conceptos están formados por partes. Pueden ser separados y analizados para ser comprendidos. Las intuiciones, en cambio, son simples. No se pueden separar y, por tanto, tampoco analizar. Las intuiciones se perciben o no se perciben, no hay ciencia que quepa hacer sobre ello. Los términos normativos con los que opera la filosofía moral y política (términos como lo “justo”, lo “correcto”) forman parte de intuiciones, no de conceptos con referente empírico, de modo que no se pueden estudiar. Así que lo más a lo que puede aspirar la filosofía política decía Richard Mervin Hare (otro entusiasta empirista de la época) es a clarificar y ordenar el confuso lenguaje moral.

Tal era el estado de cosas predominante en la academia norteamericana de aquellos días, hasta que John Rawls publicó en 1971 un libro del que quizá alguien haya oído hablar: A Theory of Justice. Nadie hoy en su sano juicio se atrevería a negar que la irrupción del libro de Rawls lejos de ser un mero episodio en el desarrollo de la filosofía política contemporánea, constituyó un acontecimiento fundamental en lo que se ha dado en llamar el “proceso de rehabilitación de la filosofía moral de nuestro tiempo”.[3] En efecto, la obra de Rawls vino a probar con argumentos sólidos y transversalmente multidisciplinares —capaces de llamar la atención tanto de economistas, juristas, como de politólogos y científicos sociales en general—, que negar la posibilidad de construir un conocimiento moral riguroso afincado sobre bases estrictamente lógicas y racionales, no es más que un prejuicio producto del desconocimiento, la pereza o la simple ignorancia. Y es que, en sentido estricto, el desarrollo de Rawls no necesitaba probar la relevancia y verosimilitud del conocimiento moral, sino simplemente recordarla.

II

Entonces, ¿acaso la filosofía política realmente sirve de algo? En específico, ¿qué puede aportarle a estudiantes que están aprendiendo a hacer ciencia política? Veamos: si uno está interesado en la astronomía y ya está estudiando, supongamos, física cuántica, cálculo diferencial, mecánica newtoniana, electromagnetismo, termodinámica o astrofísica, ¿qué sentido tendría además embarcarse en la difícil tarea de emprender algo tan demandante como el exigente estudio de la astrología? ¿Es la filosofía política a la ciencia política lo que la astrología es a la astronomía?

Viniendo de alguien dedicado al estudio de la filosofía política, creo posible intuir cuál será mi respuesta. Sin embargo, no exagero si digo que día a día encuentro diversos colegas y autoridades académicas que conciben la relación entre ciencia y filosofía política en los mismos términos que las preguntas arriba señalas dejan entrever, esto es, visualizando la filosofía política como un pasatiempo ocioso y esotérico cuyo impacto es de nula o estéril repercusión para el desarrollo de la ciencia. Es necesario, entonces, explicar por qué creo importante contribuir a disipar este error, así como divulgar aquellos aspectos centrales (e ignorados) de los que se encarga la teoría. Aspectos que suelen ser abiertamente desconocidos o, en el mejor de los casos, simplemente menospreciados.

Suele considerarse que la ciencia se libera de la filosofía al lograr quedar exenta de valores y adoptar un método (precisamente) científico-neutral. Al igual que la ciencia natural, la ciencia política debería estudiar desapasionadamente los hechos. La teoría normativa, en cambio, opera a base de recomendaciones, y al hacer recomendaciones inevitablemente valora distintos cursos de acción que le conducen a separarse del estudio de lo rigurosamente fáctico. Desde esta perspectiva, por tanto, la relación entre el estudio de los hechos y las creencias normativas es concebida de la misma forma positivista tradicional: los enunciados que formulen los hallazgos científicos de la política son significativos en la media en que remiten o refieren a datos neutrales. Estos datos son “neutrales” precisamente porque no ayudan a dar apoyo a ningún conjunto de valores. Hume lo señaló claramente en el último párrafo de la Sección I del Libro III de su Tratado sobre la naturaleza humana, en aquello que la tradición se ha encargado de calificar como falacia naturalista: de las creencias que tenemos sobre el modo de ser de las cosas, no es lógicamente válido derivar juicios sobre el modo como las cosas deberían de ser.

Eventualmente, no obstante, y desde una posición empirista moderada, suele igualmente admitirse que nuestros valores tienen alguna influencia en nuestros hallazgos. De un modo trivial, esto se diagnostica como algo negativo que debe ser evitado, como ocurre cuando enfocamos nuestro trabajo empírico desde prejuicios que oscurecen su verdad. La influencia de lo axiológico en lo empírico también puede ser admitido como algo anodino y de escasa o nula importancia para el análisis de hechos, como cuando, por ejemplo, nuestros valores nos llevan a elegir el área de investigación en la que deseamos trabajar. Finalmente hay una opción más: el vínculo entre lo valorativo y lo neutro puede ser concebido como algo inevitable y no necesariamente pernicioso. Es lo que sucede cuando cobramos consciencia de los supuestos de valor que guían nuestros trabajos empíricos. Por ejemplo: elegir un determinado procedimiento metodológico (en lugar de otro) implica siempre y de manera necesaria tener ya una cierta idea preconcebida acerca del resultado que esperamos obtener a través de él. En la medida en que dicha “idea preconcebida” no ha sido definida a través del procedimiento mismo, el tipo de resultados que esperamos obtener a través de nuestras metodologías es algo que claramente obedece a una cierta apuesta previa de valor.

Desde esta última alternativa, en todo caso, podría aceptarse que “los valores” prefiguran o en cierto sentido guían los procesos de indagación e investigación empírica, pero sin que esto afecte ni para bien ni para mal la verosimilitud de la investigación misma. En otras palabras, aunque, los valores, no puedan ser completamente expurgados de la ciencia política, los hallazgos reales de dicha ciencia siempre podrían mantener su independencia respecto a las posiciones de valor. Es decir: puede juzgarse como deplorable o alentador el hecho de que en México sea la gente con menos estudios y de más escasos recursos la que tiende a votar al PRI (la que conforma el grueso de su base electoral), pero en sí mismo este hecho es un factum empírico que se mantiene neutral entre ambos juicios de valor. A la ciencia política le corresponde simplemente exhibir los datos, no hacer juicios sobre ellos.

Ahora bien, si esto fuera todo lo que hay que decir sobre la relación entre la ciencia y la filosofía política, el debate terminaría sin duda aquí (aun si todavía habría buenas razones para poner en duda el pretendido estatus científico de la ciencia política).[4] Sin embargo, evidentemente las cosas no son tan simples, sino que resultan en realidad mucho más complejas. Para empezar: la idea de que la ciencia se ocupa de la correlación de fenómenos observables que se sitúan sin problemas ante nuestra mirada, corresponde a un empirismo muy primitivo que hoy en día ya nadie sostiene. Ni siquiera los empiristas modernos o contemporáneos suponen la pasividad de la consciencia humana en la observación o captación de los hechos. Asignarle al científico el papel de mero radiólogo o fotógrafo de la realidad, como si su actividad se redujera al simple notariar los fenómenos que transcurren del mundo, es algo que hoy en día francamente resulta más que ingenuo. Porque el científico no sólo observa y retrata, sino que al observar experimenta y modifica.[5] Conocer implica siempre transformar el objeto conocido, y ello no sólo en el sentido obvio en que nuestras observaciones están cargadas de supuestos y de prejuicios teóricos que condicionan los objetos observados, sino en el sentido en que conocer o medir una realidad es algo que sólo resulta posible desde la elección de lo que de aquí en adelante llamaré (a falta de un mejor término) una dimensión explicativa de medición. Permítaseme ahondar con más detalle en esto a continuación.

III

Explicar lo anterior requiere empezar por lo siguiente: si en una época llegó a creerse que la ciencia se encarga simplemente de estudiar la correlación entre fenómenos observables, hoy en día —como ya apunté anteriormente— esta creencia ha sido abandonada por completo. El por qué de ello es algo que hasta aquí he venido insinuando. Sin embargo, ha llegado el momento de hacerlo explícito: un objeto físico posee multitud de dimensiones, rasgos y características observables (i.e; color, forma, peso, función). Cuando lo que estudiamos no son objetos físicos, sino fenómenos políticos complejos, el caso no es diferente. Lo relevante aquí —y quiero llamar fuertemente la atención sobre ello— es que, en ciencia, nunca es valioso estudiar todas las características, rasgos, dimensiones, funciones y correlaciones de aquellos objetos que configuran el objeto de estudio en cuestión, sino sólo aquellas que resultan pertinentes o de utilidad para explicar solamente los fenómenos pertinentes. Si esto es así, la pregunta fundamental resalta entonces por sí sola, pues, ¿desde dónde se determina, y conforme a qué criterios, aquello qué es de interés explicar y aquello que resulta pertinente para explicarlo?

Cuando deseamos explicar por qué la gente de más bajos recursos y menos estudios vota al PRI, o qué fue lo que detonó la primavera árabe del 2010/2013, o por qué los gobiernos divididos (bajo regímenes presidenciales) son tan operativos en materia de producción legislativa como los gobiernos donde el ejecutivo goza de mayoría en el congreso, las características y variables que son relevantes y pertinentes para explicar la naturaleza de esta clase de fenómenos no resultan en lo absoluto evidentes, ni mucho menos se muestran de inmediato. Se advierte enseguida que irremediablemente surge polémica en torno a cuáles son las variables independientes o hipótesis explicativas en las que debemos concentrarnos. Algunos alegarán que debemos localizar tales variables en las características más visibles, como la estructura institucional o los incentivos o contra-incentivos institucionales, mientras que para otros las hipótesis que ofrecen la verdadera explicación habrán de buscarse más bien en lugares menos visibles, como los rasgos culturales que predominan en ciertos segmentos de la sociedad o en la cultura política vigente. Por ejemplo: podemos negarnos a explicar el voto hacia el PRI en los términos que lo hace la teoría de Columbia (el peso que en la decisión del voto tiene la influencia de las campañas, los líderes de opinión, la familia ordinaria, los amigos, los compañeros de trabajo y las personas por las que en general estamos rodeados), y en lugar de ello fijarnos en las variables que propone el modelo teórico de Michigan (actitudes de largo plazo y predisposiciones políticas representadas en la identificación partidista que forman parte de la socialización política a la que el individuo ha sido expuesto a través de periodos amplios). O bien podemos rechazar estas dos explicaciones y concentrarnos en las teorías clientelares o de la compra y coacción del voto entre los sectores más vulnerables de la población.[6]

De manera análoga, una teoría sobre la pobreza como la de Skouflas, David y Behrman, o la del propio Amartya Sen, ofrecerán poderosas razones a favor de medir la pobreza de modo directo a través de las condiciones de vida y gasto real en el consumo, mientras que una teoría indirecta sobre la pobreza como la de Dasgupta argumentará exactamente lo contrario, es decir, argumentará a favor de medir la pobreza indirectamente por medio de la posibilidad de realizar consumo por medio del ingreso, lo cual se mide generalmente fijando estándares o “líneas de pobreza”.[7] Lo relevante aquí, en todo caso, tal como lo ha expresado Sen, es percatarnos de algo esencial para entender lo que estoy argumentando. A saber: los distintos modos de medir la pobreza obedecen y derivan, siempre, de los distintos modos en que antes ha sido conceptuado, desde la teoría, lo que es la pobreza. En otras palabras: el modo teórico en que pensamos o definimos algo determina la manera en que ése algo va a ser medido y estudiado. Sin teoría, las mediciones empíricas son simple y sencillamente arbitrarias.

En cualquier caso, la tarea de la teoría en la ciencia política consiste en descubrir cuáles son las clases valiosas de rasgos en las que deberíamos fijarnos para lograr explicaciones significativas con respecto a los fenómenos descritos. Una teoría como la rawlsiana, ofrecerá fuertes argumentos para decirnos que la calidad de las instituciones de un país ha de determinarse evaluando la situación en la que se encuentran los sectores más marginales de esa sociedad. Una teoría como la republicana de Pettit, en cambio, dirá que la calidad de las instituciones debe evaluarse atendiendo a la efectividad de los controles horizontales y verticales que limitan la autoridad política.[8] ¿En cuál de las dimensiones anteriores deberíamos concentrarnos y por qué razón? Precisar esto es a lo que anteriormente llamé definir la dimensión explicativa de medición.

La teoría establece las dimensiones explicativas pertinentes que delimitan el área en que la investigación empírica debería desarrollarse para ser fecunda. Una buena teoría ofrece la estructura conceptual que delimita las variables pertinentes a medir (y los argumentos para ello). Nos dice qué es lo que necesita explicarse, mediante qué tipo de hipótesis y por qué razón. Desde luego, esto hace que la ciencia política sea el campo en el que compiten un número alternativo de sistemas teóricos. Un enfoque teórico funcional o estructuralista sugerirá explicar la primavera árabe en términos de la dinámica estructural, factores de desempleo, crecimiento del PIB, o falta de libertades, mientras que las aplicaciones de la teoría de juegos apelarán más bien a modelos teóricos como el individualismo metodológico clásico de Hobbes o el contemporáneo de Elster, la apelación a la teoría de la elección racional y/o las estrategias de acción colectiva coordinadas que pueden emerger gracias a herramientas como (por mencionar un caso significativo) el creciente uso de las redes sociales. En las ciencias más exactas el papel de la teoría no es muy diferente. En física o astronomía corresponde a la teoría decidir qué es lo que pertenece al estado del sistema (posiciones, masas, velocidades) y qué es lo que no pertenece a él. La teoría también establece principios que inciden en el curso de la medición empírica: por ejemplo, si aceptamos el principio de inercia (o movimiento inercial) ciertas formas de concebir los cuerpos y su interacción resultarán pertinentes, mientras ciertas otras no lo serán. Desde luego, esto implica que de manera inevitable ciertos tipos de teorías normativas están siempre más ligadas a cierto tipo de disciplinas explicativas, a la vez que resulten incompatibles con otras. Esto es así porque un sistema teórico siempre despliega (y argumenta) una cierta posición de valor.

IV

Un ejemplo especialmente significativo ayudará a comprender lo anterior. Al decir que corresponde a la teoría fijar la dimensión explicativa de medición pertinente para cada tipo de fenómenos, con ello quiero también implicar que los teóricos normativos tradicionales se ocupan ante todo de delinear las dimensiones que resultan de valor para el análisis empírico. Przeworski ilustra a la perfección lo que intento decir con esto. Él advierte que los regímenes democráticos no pueden justificarse en términos de sus resultados o logros, especialmente en lo que concierne al reparto equitativo del ingreso. Usando una amplia base de datos que proviene de Deninger y Squiere, Przeworski dicotomiza los regímenes políticos en democracias y autocracias. A partir de ahí muestra que la extensión de la desigualdad es mayor en las democracias que en las autocracias para cada nivel de ingreso (medida la desigualdad por la proporción del 20% más alto en relación con los del 20% más bajo de todos los que reciben ingresos) (Przeworski 2010, 149).[9]

Para Przeworski, sin embargo, que la democracia produzca resultados incómodos o poco justos no es algo que deba hacernos recelar de ella. Y esto es así, porque él suscribe una teoría procedimental de la democracia en lugar de una teoría instrumental de la misma.

Para que se comprenda lo que quiero ilustrar, a grandes rasgos podemos decir que la teoría política ha tendido a justificar los procesos democráticos de toma de decisiones a partir de dos modelos básicos: (i) lo que conocemos como modelo de democracia procedimental, y (ii) lo que conocemos como modelos de democracia instrumental.[10] En términos amplios los demócratas instrumentales valoran la democracia en la medida en que ven en ella un instrumento útil para promover resultados sustantivos y políticas públicas correctas. Para los demócratas procedimentales, en cambio, la democracia constituye un procedimiento formal de toma de decisiones que tiene valor esencialmente intrínseco, es decir, que vale al margen de los resultados (positivos o negativos) que produzca. Dicho procedimiento tiene valor intrínseco porque posee una propiedad moral irrenunciable: trata a todas las personas en pie de igualdad y atribuye a sus decisiones la misma dignidad.

Lo anterior ejemplifica aquello que estoy intentando argumentar. Porque si uno desea hacer trabajo comparativo entre regímenes democráticos y no democráticos y suscribe una teoría consecuencialista de la valoración (es decir, si uno cree que el valor de algo ha de medirse por las consecuencias que ese algo produce), ello orientará su labor científica a medir cierta clase de resultados o consecuencias (la vinculación, por ejemplo, entre política democrática y crecimiento económico, reparto equitativo de la riqueza, nivel de corrupción o calidad de los servicios públicos). Si, por el contrario, uno suscribe una teoría procedimental (i.e, si uno cree que el valor de algo está dado de modo intrínseco con independencia de los resultados) el tipo de variables que querrá medir serán claramente otras (la vinculación, por ejemplo, entre procedimientos democráticos y discriminación, trato a las minorías o representatividad). Si nuestro hipotético investigador es jurista, esto repercutirá también en los análisis jurimétricos que haga. Si adhiere una posición instrumental, tenderá a valorar los controles constitucionales contramayoritarios orientados a mejorar la calidad de las decisiones mayoritarias (y buscará evidencia empírica al respecto) Si, por el contrario, adhiere una posición procedimental, su análisis tenderá a buscar evidencia para probar que ahí donde el procedimiento mayoritario realiza con mayor eficacia su valor intrínseco, el costo de la acción constitucional contramayoritaria resulta más difícil de justificar.

Las teorías normativas fijan, por tanto, dimensiones de explicación significativas que enmarcan la investigación científica, ofreciendo herramientas para decidir o elegir adecuadamente entre las características o variables que son útiles para explicar los fenómenos en cuestión.

Pero no sólo (ni principalmente) hacen eso. Muchas veces sucede que aún no se han elaborado los recursos conceptuales necesarios para orientar la investigación empírica. El concepto moderno de microorganismo, por ejemplo, era desconocido para los antiguos, y sólo lenta y muy penosamente comenzó a desarrollarse como categoría teórica (aún no observable ni demostrable empíricamente) hasta el siglo XIX, a través de la teoría germinal de las enfermedades de Pasteur y, muy en especial, gracias al empeño implacable de Semmelweis por encontrar explicación teórica a un fenómeno que parecía inexplicable (el enorme diferencial en tasa de mortandad entre dos salas contiguas del Hospital General de Viena). Hoy día el concepto de microorganismo es una variable esencial de la ciencia actual; un concepto, en su origen teórico, sin el cual jamás habrían podido desarrollarse las funciones explicativas a las cuales terminaron por vincularse multitud de fenómenos empíricos. A menudo igualmente ocurre que no es suficiente con mostrar que la correlación entre dos fenómenos es de causalidad, sino que se hace indispensable precisar teóricamente con exactitud el mecanismo causal que está operando. La teoría evolucionista, por poner un ejemplo claro, no sólo prueba la relación causal existente entre los cambios ambientales y la sobrevivencia de las especies, sino que además narra con precisión el mecanismo de selección que vincula las modificaciones genéticas de poblaciones con los cambios en el medio ambiente (en teoría política Tocqueville suele ser considerado uno de los más grandes exponentes de este tipo de explicación mediante mecanismos).

Lo que todos estos ejemplos muestran, en definitiva, es la forma en que los modelos teóricos generan una curva de valor propia. En otras palabras: la relación entre ciencia y teoría obedece a la necesaria conexión entre los sistemas de explicación y los sistemas que desarrollan distintas teorías sobre las dimensiones explicativas de medición que, o bien fijan las variables que deben ser medidas (esto es, las variables significativas o valiosas), o bien construyen las categorías analíticas que serán esenciales para guiar el trabajo empírico. Y aún mucho más que eso: a menudo sucede que las teorías generan estructuras analíticas que dan pie a reflexionar sobre nuevas realidades y dimensiones que el estudio empírico jamás había ni habría considerado. Por eso la conexión entre lo empírico-real y la valoración forma parte, por así decirlo, de una estructura conceptual integral que conforma el despliegue completo de una disciplina.

La idea de que, para progresar, la ciencia debe librarse de todo parti pris y mantenerse neutral respecto a los valores, parte, como he querido mostrar, de una pobre concepción del conocimiento, del vínculo entre ciencia y teoría (no sólo entre ciencia y filosofía política, sino entre ciencias y teorías en general), así como una muy inadecuada concepción del modo en que operan las disciplinas. Este prejuicio ha dado lugar a otro más retorcido. A saber: si bien la teoría normativa requiere de una ciencia política y no puede avanzar sin esta última, no sucede lo contrario. De ahí que la filosofía política se le deparen dos destinos: asimilarse o morir. Una manera de buscar asimilar la teoría a la ciencia consiste en intentar reducir todos los conceptos normativos a conceptos descriptivos. Por ejemplo, desacreditando las expresiones morales tildándolas de verborrea insustancial, o bien convirtiendo las expresiones sobre lo justo o lo injusto, lo correcto o lo incorrecto, en juicios que no hacen más que denotar estados anímicos o psicológicos privados del hablante. Para este reducto rancio del positivismo primitivo, es esencial que pudiéramos corregir el habla diciendo: “cuando usted dice que X le parece injusto, lo que usted en realidad quiere decir estaría mejor expresado por: “X me produce desagrado o me genera un estado anímico interno de insatisfacción”.

Sin embargo, las afirmaciones morales y normativas llevan siendo desacreditadas de manera cíclica por toda clase de razones y por los Trasímacos de todos los tiempos, desde la época en que Platón escribió su República. Pese a ello, las consideraciones morales continúan surgiendo una y otra vez, desafiando cualquier intento indiscriminado de desplazarlas, debilitarlas o subjetivizarlas. Hay una instancia —escribe Thomas Nagel— que muestra que lo normativo nunca puede ser trascendido por lo descriptivo.

“Preguntas como, “¿qué debería hacerse?, ¿en qué debemos creer?, ¿a qué debería darle valor?, ¿qué es lo correcto con independencia a lo habitual?, ¿qué es lo aceptable al margen de lo aceptado, siempre son preguntas pertinentes. Porque siempre es posible pensar estas cuestiones en términos normativos, y este proceso no pierde su sentido en virtud de ningún hecho o naturaleza. Este proceso no se explica ni se agota en ningún deseo, emoción o sentimiento, tampoco en ningún hábito, práctica o convención, por ningún trasfondo cultural o social contingente. Tales cosas pueden, ciertamente, ser la causa de nuestras acciones y expresiones, pero siempre es posible tomar su relación con la acción como un objeto de reflexión normativa adicional y preguntar: ¿cómo debería actuar, teniendo en cuenta que estas cosas respecto de mi o de mi situación son verdaderas?”[11]

Estas interrogantes, por tanto, no pueden ser declaradas impertinentes o fuera de cuestión bajo el señalamiento de que hay algo más fundamental (de orden empírico, psicológico, sociológico, cultural o biológico) que pone fin a la necesidad de justificación normativa, pues sólo una justificación normativa puede poner fin a la exigencia de justificaciones normativas.

Si la teoría política no puede ser asimilada, entonces su otra alternativa es la de morir asesinada. Pero aquí he alertado ya contra los riesgos de querer asesinar a la filosofía. Y es que en esta pretensión hay sin duda algo que invita al humor, como ocurre en las páginas Del asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, donde con gracia e inteligencia y basándose en aquello que Freud llamó “desplazamiento”, De Quincey advierte en broma: “se empieza por un asesinato, se sigue por el robo, y se acaba bebiendo excesivamente o pasándose los semáforos”.

En un libro de no muy buena recepción entre los “científicos” de la política, César Cansino afirma que “la Ciencia Política no podrá corregir el miope positivismo de sus supuestos metodológicos sin incorporar en su seno la experiencia de la filosofía política”.[12] Cansino va recorriendo en su libro un desplazamiento similar al de Thomas de Quincey: la Ciencia política, en tanto ciencia, comienza por (a) distinguir los valores de los hechos, (b) evidenciar regularidades, (c) elaborar técnicas de observación y registro de datos, (d) someterse a verificación, (e) sistematizar la información y crear tipologías, y así termina en ocasiones por: (f) llegar a conclusiones que, al estar desvinculadas de todo marco teórico, no atienden a ninguna dimensión explicativa de medición pertinente o relevante. Con ello, eliminando a la teoría política, la ciencia política, según Cansino, termina ella misma por morir. Algo similar (siguiendo con los ejemplos que he dado más arriba) a un físico experimental que pensara que la experimentación debe volverse más robusta buscando desvincularse de la necesidad de corroborar o refutar las tesis centrales de las más importantes teóricas físicas. Todas las disciplinas tienen áreas de especialización empírica (o aplicada) y áreas de especialización teórica. Esto es así tanto en física como en matemática, economía o biología. Pero hasta donde me alcanza, la idea de que la experimentación aplicada gana mucho si logra desprenderse y librarse de las cuestiones ociosas que ocupan a los teóricos, es una tendencia o moda que sólo ha logrado momentáneamente imponerse entre algunos científicos pertenecientes al campo de la política. Una moda, como ya dije antes, que no es nueva ni novedosa y que, al igual que otras tantas veces, no tardará en superarse.

Felipe Curcó Cobos es profesor de tiempo completo en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) donde imparte cursos en teoría política.

[1] Ayer, A.J; Logical Positivism, The Free Press, Glencoe, 1959.

[2] Weber, Marx. [1919] 2004 Wissenschaft als Beruf , trans. J.Chávez. La ciencia como vocación, Coyoacan, Mexico, 2004.

[3] Véase, Manfred Riedel (comp.) Rehabilitando la filosofía práctica, F.C.E, 1999.

[4] Y es que resulta evidente que con todo y que la “ciencia” política se sirve de instrumentos eminentemente científicos como la estadística o la matemática, dista mucho de cumplir con los estándares normativos de una verdadera ciencia. En específico, una ciencia estricta debe estar integrada por enunciados que tengan capacidad predictiva. En su muy interesante libro Expert Political Judgement. (2005), Tetlock lleva a cabo un impresionante estudio para probarque los puntos de vista cualificados que presentan los llamados “científicos políticos” resulta más que cuestionable. Sus datos muestran que la capacidad de la “ciencia” política para conocer y predecir resultados sustantivos es muy limitada. En su libro, Tetlock analiza un total de 82,361 predicciones realizadas por 284 expertos políticos profesionales a lo largo de 20 años: asuntos como el fin del apartheid en Sudáfrica, el futuro político de Gorbachov o las acciones bélicas de Estados Unidos en el Golfo Pérsico, entre muchos otros. Y los resultados son contundentes: los expertos estudiados por Tetlock hacen predicciones con un índice de predicción no sólo por debajo del de la gente común y corriente, sino con un índice de desempeño inferior al del azar, esto es, su desempeño fue peor que si sencillamente hubieran atribuido idéntica probabilidad a todos los eventos. Algo muy similar sucedió con las encuestas de opinión pública llevadas a cabo en México durante el último periodo electoral de junio de 2016. Aun cuando pueda argumentarse que la función central de las encuestas no es predecir sino sólo conocer o fotografiar un “momento” de pulso político, el hecho de que 80% de sus retratos sean erróneos hacen imposible, en general, atribuir seriedad metodológica a la mayor parte de encuestadoras que operan en el país.

[5] Un claro ejemplo ayudará a entender con toda claridad esto. En física, la aceleración es una magnitud vectorial que nos indica la variación de velocidad de un cuerpo en un intervalo de tiempo. Sin embargo, nosotros nunca podemos conocer el dato de la aceleración de un cuerpo. Lo que en realidad podemos conocer es la aceleración de un cuerpo en un intervalo explicativo de medición previamente seleccionado. Este intervalo explicativo de medición transformará, o modificará, a su vez, la magnitud de la aceleración que conozcamos. Si elegimos un intervalo de tiempo muy amplio, conoceremos una magnitud de aceleración para un cuerpo que será más amplia, en términos comparativos, que la que determinaremos para ese mismo cuerpo si elegimos un intervalo de medición más corto. De este modo, la elección del intervalo de medición modificará el conocimiento de lo medido. Popper se sirve de este simple ejemplo para trazar una analogía entre el principio de incertidumbre de Heisenberg (que niega la imposibilidad de determinar simultáneamente la posición y el momento lineal de una partícula) , y las mediciones de la física clásica, en tanto que en ambos casos conocer el objeto significa necesariamente modificarlo, de modo que la ciencia no atañe al conocimiento de objetos, sino al conocimiento de nuestra interacción con el objeto estudiado, es decir, con el objeto modificado. Véase, El Universo Abierto: un argumento a favor del indeterminismo. Post Scriptum, Vol. II, Tecnós, Madrid, 1984 [1959].

[6] Los orígenes de la teoría de Columbia pueden rastrearse en, Lazarsfeld, Paul, Bernard Berelson y Helen Gaudet, The People’s Choice, Columbia University Press, 1948 [1944], los de la teoría de Michigan en, Campbell, Philip E. Converse, Warren E. Miller y Donald Strokes, The American Voter, Chicago University Press, 1980 [1960], y un buen ejemplo sobre teoría del clientelismo se halla en, Eisenstadt y L. Roniger «The basic characteristics and variety of patron-client relations», capítulo 4.° de Patrons, Clients and Friends Interpersonal Relations and the Slructure of Trust in Society. Cambridge University Press, 1984

[7] Véase, Dasgupta, Partha, An Inquiry into Well-Being and Destitution, Clarendon Press, Oxford, 1996. Sen (1981) explica en un solo párrafo la importancia teórica de esto: desde un método de medición directa basado en el consumo, “el asceta con un ingreso medio que ayuna en su costosa cama de clavos será catalogado como pobre, en cambio, el método de medición indirecta lo catalogará de manera distinta al considerar su nivel de ingreso”. En parte debido a estas implicaciones, es que Sen propondrá definir la pobreza como “privación de capacidades básicas”. (1984). Boltvinik, en cambio, (quien ha ejercido enorme influencia en el modo de medir la pobreza en México), sugiere definir la pobreza como un proceso claramente multidimensional originado en al menos seis fuentes (2003). Sen, Amartya (1981) ”Public Action and the Quality of Life in Developing Countries”, en: Oxford Bulletin of Economics and Statistics, vol 43. Sen, Amartya (1984) Resources, values and development. Harvard University Press, Cambridge. Boltvinik, Julio (2003). “Tipología de los métodos de medición de pobreza. Los métodos combinados”. Banco de Comercio Exterior, en: Revista Comercio Exterior, Vol. 53, Núm. 5. México.

[8] Cfr, Pettit, P. Republicanism. A Theory of Freedomand Government, Oxford University Press, 1997.

[9] Przeworski, Adam. 2010. Democracy and the Limits of Self-Government, Cambridge University Press.

[10] Ejemplos clásicos y significativos de teorías políticas que ofrecen una justificación procedimental intrínseca de la democracia, lo son: Dahl, R. 1979. «Procedural Democracy», en Laslett P. Y J.Fishkin (eds.) Philosophy, Politics and Society, Oxford, Blackwell; Waldron, Jeremy. 1999. Law and Disagreement, Oxford University Press; Young, I.M. 1990. Justice and the Politics of Difference, Princeton Universty Press. Las teorías políticas que, por el contrario, ensayan una justificación instrumental de la democracia son muy diversas, y varían dependiendo de cuál sea la variable a la que hacen subordinar el proceso democrático. Entre algunas de las más significativas sobresalen, Arneson, R. 2003. «Defending the Purely Instrumental Account of Democratic Authority», en Journal of Political Philosophy, 11 (1); Dworkin, R. 2000. Sovereign Virtue. The Theory and Practice of Equality, Harvard University Press, Cambridge Mass; y, Hayek, F. 1960. The Constitution of Liberty, Chicago University Press..

[11] Nagel, Thomas, The Last Word, Oxford University Press, 1997, p.119.

[12] Cansino, César, La muerte de la Ciencia Política, Editorial Sudamericana, 2008, p.9.

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