Notas en torno a la polarización política

Notas en torno a la polarización política

Sergio E. López-Araiza

Se trata de una escena que se repite comúnmente en las democracias representativas. Surge un desacuerdo en torno a una decisión legislativa o de política pública, la discusión entre los políticos es cada vez más frecuente y grandilocuente, los cafés y las sobremesas giran en torno al tema que divide a la sociedad y los líderes de opinión y medios de comunicación no dudan en lanzar al aire un lamento con un inconfundible tono de temor: “vivimos en una sociedad polarizada”.

En este momento, parece evidente a los ojos de todos los ciudadanos que lo que está en juego ya no se limita únicamente a la decisión que generó esta escisión en la sociedad. Si, como Maurizio Passerin d´Entrevés, consideramos que “la actividad política se sitúa en un espacio público en donde los ciudadanos pueden encontrarse, intercambiar opiniones y confrontar sus diferentes puntos de vista, buscando una solución consensual a sus problemas colectivos”[i] queda claro que la ausencia de diálogo y la sinrazón que parecen acompañar a los escenarios de polarización política son capaces de minar nuestra capacidad de escuchar al otro y de construir acuerdos. El miedo que permea la voz de los comunicadores y se infiltra en la psique colectiva parece entonces estar justificado.

Sin embargo, los elocuentes discursos y las innumerables columnas que hablan de polarización política ante estos escenarios parecen olvidar que el conflicto es inherente a la política y que las instituciones democráticas pretenden solucionarlo de forma pacífica, no acabar con él. ¿Significa esto que los escenarios de polarización política no deben de preocuparnos? ¿Se trata tan solo de exageraciones mediáticas? Creo que la respuesta a ambas preguntas es “no”, pero antes de aventurarnos a arrojar una conclusión es imperativo observar este fenómeno con más detenimiento.

¿Qué es y cómo podemos analizar la polarización política?

Una definición bastante estándar de “polarización política” es la que ofrece David Helfenbein. Para él, se trata de la “áspera división de los partidos políticos y su acercamiento a los extremos del espectro”[ii]. Esta definición, pese a ser un tanto vaga, impone dos condiciones importantes: 1) que las relaciones entre políticos pertenecientes a distintos partidos adopten un trato más hosco que el habitual y 2) que existan posicionamientos de por lo menos un partido político que muestren una postura más radical que la que adoptaban originalmente (es decir, más alejada del centro).

No obstante pone un énfasis particular en los partidos políticos y en los miembros del congreso, es sumamente útil detenerse a pensar de dónde surge la polarización política. En este sentido, Helfenbein distingue 3 diferentes fuentes de polarización discursiva: la sociedad en su conjunto, el electorado y los partidos políticos.

Pese a que pueda parecer que esta es una distinción superficial y carente de sentido, comprender de dónde proviene la polarización nos ayuda a identificar si esta se transmite de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba. Es decir, al responder quién se radicaliza comprenderemos si se trata de un tema que, desde su origen, resultaba problemático para toda la sociedad o si, por el contrario, cobró importancia para todos una vez que los actores políticos tomaron posiciones extremas.

Otra noción importante ante un escenario de polarización es la de simetría. Este concepto nos permite distinguir de qué lado del espectro proviene la huida del centro. En este sentido, al hablar de una polarización simétrica nos referimos a que los actores políticos de ambos lados del espectro presentaron posturas más alejadas del centro de las que suelen sostener. Si por el contrario se trata de una polarización asimétrica (hacia la izquierda o hacia la derecha) solo alguno de ambos extremos habrá radicalizado su postura.

Causas teóricas de la polarización política

La ciencia política moderna dejó de lado por un tiempo el estudio de la polarización política. Entre otras cosas, esto se debió principalmente a que los politólogos se concentraron en las preguntas clásicas como comparar a los regímenes autoritarios con los democráticos, así como a un periodo de relativa estabilidad política en la década de 1950 en Estados Unidos.

Además, debido a los primeros teoremas que logró producir la elección pública, los politólogos pensaban que la polarización política era incapaz de prosperar en una sociedad democrática. Recordemos que tanto el teorema de Downs como el lemma de Hotteling argumentan que, si hay dos candidatos buscando el voto de los ciudadanos, el equilibrio es que ambos busquen posicionarse justo en el centro del espectro político. Si, por otro lado, hay un número finito de opciones mayor a 2, hay múltiples equilibrios que están caracterizados por su carácter centrípeto.[iii]

Sin embargo, hay dos supuestos fundamentales que generan esta predicción de “carrera hacia el centro”: 1) no hay información asimétrica (es decir que tanto los votantes como los candidatos conocen los puntos ideales de cada individuo) y 2) no cualquier ciudadano puede entrar en la contienda, pues se trata de un número limitado de candidatos. Jens Großer y Thomas R. Palfrey abandonaron ambos supuestos y los resultados cambiaron radicalmente.[iv]

En primera instancia, el equilibrio que obtienen Großer y Palfrey es centrífugo, no centrípeto como originalmente predijeron Downs y Hotteling. En su modelo, los candidatos buscan alejarse del centro para obtener el reconocimiento de los votantes. Además, si el electorado es lo suficientemente grande, solo aquellos candidatos con puntos ideales extremos entran a la competencia.

Por este motivo, se da un resultado sumamente interesante a la luz de la discusión de la polarización de abajo hacia arriba: los candidatos siempre sostienen puntos más extremos que el votante mediano. Finalmente, a diferencia nuevamente de Downs y Hottelling, Großer y Palfrey encuentran un equilibrio único sin importar el número de candidatos que se involucren en la contienda.

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Este “teorema del votante anti-mediano” es particularmente relevante si tomamos en cuenta las condiciones políticas de las democracias en general y de México en particular. Pese a que existe un sinnúmero de encuestas que pretenden conocer mejor los puntos ideales de la ciudadanía, es evidente que hay una asimetría de información importante entre votantes y candidatos (además de la existente entre estos últimos). Además, aunque usualmente hay barreras de entrada para una contienda política, es un derecho prácticamente garantizado en todas las sociedades democráticas el de ser votado y cada vez más vemos múltiples candidaturas erigirse desde la ciudadanía. En este sentido, parece que las reglas más básicas de nuestro sistema de gobierno generan en sí mismas condiciones propicias para que florezcan escenarios de polarización.

Desigualdad económica: una causa empírica de la polarización política

La sección anterior argumenta que, debido a los problemas de información asimétrica y a la relativa ausencia de barreras de entrada en las contiendas electorales, las instituciones democráticas generan endógenamente escenarios de polarización política. Sin embargo, resulta evidente que no todas las sociedades —ni siquiera la misma sociedad observada en distintos periodos de tiempo— presentan los mismos síntomas de polarización política. Entonces, ¿qué está ocasionando estas diferencias?

Un determinante importante de la polarización política, tal como lo argumentan Pontusson y Rueda,[v] es la desigualdad económica dentro de una sociedad. Si retomamos la concepción materialista del espectro ideológico de “izquierda-derecha” esta afirmación podría llegar a parecer un tanto obvia: a mayor desigualdad hay más movilización de las bases de los partidos de izquierda y esto los lleva a radicalizarse. Aparentemente, se trata entonces de una polarización política sesgada hacia la izquierda —es decir, asimétrica— y de abajo hacia arriba.

Lo más interesante del texto de Pontusson y Rueda es que en realidad la relación entre la desigualdad y la polarización política es mucho más compleja. Si la desigualdad proviene únicamente de la diferencia entre salarios, entonces lo que observamos es el fenómeno descrito hace unas líneas. Sin embargo, si la desigualdad proviene de los ingresos del hogar —donde se toman en cuenta tanto los ingresos laborales como la tasa de retorno del capital, entre otros—, las bases que se ven movilizadas son las de los partidos políticos de centro y derecha. En este último caso, observaríamos una radicalización política menos intensa y sesgada a la derecha.

¿Por qué importa la polarización política?

A lo largo de este texto hemos invertido un gran número de palabras para comprender y definir con toda la precisión posible qué es la polarización política. Sin embargo, aún no hemos abordado uno de los primeros cuestionamientos que hice en torno a ella: si el conflicto es consustancial a la política y a lo público, ¿debería de preocuparnos? En estricto sentido, el principal problema es analizar hasta qué punto podemos considerar estos episodios de radicalización como momentos normales dentro de la vida democrática o, por el contrario, como casos preocupantes que pueden terminar por destruirla.

De forma intuitiva parece que, al polarizarse la sociedad e intentar generar un diálogo entre ambos extremos del espectro, las probabilidades de consolidar acuerdos y resolver los conflictos disminuyen enormemente. En este sentido, Helfenbein enumera una serie de efectos adversos de la polarización política.

Para empezar, destaca que, ante el conflicto coyuntural pueden perderse los mecanismos para discutir temas importantes para el largo plazo. Además, sostiene que puede entorpecer la toma de decisiones en dos aspectos clave para el buen funcionamiento de cualquier Estado: su política exterior y su seguridad interna. Finalmente, si la polarización política trae consigo un discurso radical, podría minar la confianza ciudadana en instituciones de vital importancia como la judicatura o la policía, así como en el gobierno en turno, sin que necesariamente esté justificada en los hechos.

Empíricamente, Alt y Dreyer han identificado algunas consecuencias directas de la polarización política. Por un lado, descubren que, a mayor polarización política en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), mayor es la propensión a caer en ciclos electorales, es decir, a cambiar la composición ideológica de los gobernantes con cada llamado a las urnas. Por el otro, argumentan que la polarización política aumenta el turnout  en las elecciones.

Claramente la polarización política tiene efectos. Sin embargo, aún no queda claro si podemos considerarlos inequívocamente como “malos”. Es cierto que consolidar un proyecto de nación a largo plazo se torna mucho más complicado ante la presencia de ciclos electorales cada vez más frecuentes. Sin embargo, ¿no son acaso los mecanismos democráticos los que están empujando estos ciclos? Al final del día,  las alternancias pueden ser un síntoma de que la democracia está funcionando. Además, ¿qué preferimos, ciudadanos apáticos ante lo público o ciudadanos movilizados a las urnas (sin tomar en cuenta qué tan informados están)?

A falta de una conclusión

Los tan alarmantes peligros de la polarización política podrían partir de premisas equivocadas y resultar un poco exagerados. De hecho, puede que algunas condiciones estructurales —como las reglas democráticas en el entorno en el que vivimos o niveles de desigualdad relativamente tolerables— sean los responsables de ocasionarla, lo que significa que es prácticamente inherente a nuestra sociedad. Sin embargo, es de suma importancia comprender algunos de sus peligros, particularmente la ceguera que puede ocasionar en la discusión pública.

Esto último resulta de enorme importancia para México, pues es una sociedad con altísimos niveles de desigualdad, un enorme número de cleavages y  en donde está por comenzar —puede que incluso ya haya iniciado— un periodo de campañas políticas que culmina con la elección presidencial de 2018. No debemos huir al debate que suscita la polarización en particular y la democracia en general, pero sí asistir a él libres de prejuicios y dispuestos a escuchar los argumentos del otro.

[i] Passerin d´Entrevés, Maurizio, La teoría della cittadinanza nella filosofia politica di Hannah Arendt, WP núm. 102, Institu de Ciénces Politiques i socials, Barcelona, 1995, p. 13.

[ii] Helfenbein, David, Political Polarization in America, Through the Eyes of a President, University of Pennsylvania, ScholarlyCommons: http://repository.upenn.edu/curej/823

[iii] Shepsle, Kenneth A. (2010). Analyzing politics: Rationality, behavior, and institutions (2nd ed.). New York: Norton.

[iv] Großer, Jens y Palfrey, Thomas R., “Polarization: An Antimedian Voter Theorem”, American Journal of Political Science, Vol. 58, No. 1 (January 2014), pp. 127-143

[v] Pontusson, Johnas y Rueda, David, “Inequality as a source of political polarization: A comparative analysis of twelve OECD countries”. En Democracy, Inequality, and Representation: A Comparative Perspective, cords Pablo Beramendi y Christopher J. Anderson. 312-353. Estados Unidos Russell Sage Foundation.

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