Cuando los populistas se quedan solos

Aurelio Caso

Un rasgo esencial de los populistas es su fuerte conexión con sus seguidores. Son líderes carismáticos, valientes y que confrontan al status quo que los rodea. Para ello construyen una relación personal y cercana con el votante. Su capacidad de movilizar es su principal fortaleza y la usan para lograr sus objetivos. Los mecanismos de democracia directa son sus favoritos porque les permiten mostrar músculo y ratificar que el pueblo y líder son y siguen siendo uno mismo (Weyland 2019, 319-321).

A esta hora, las alarmas ya deberán estar sonando en Palacio Nacional. El resultado del domingo pasado fue desastroso. Ni los más osados se hubieran atrevido a apostar por una participación menor al 8%. López Obrador tendrá muchos defectos, pero es un excelente político y, particularmente, es un gran movilizador. Desde principios del nuevo siglo, en cada elección ha demostrado ser un hombre con capacidad de juntar masas; algunos críticos les ha molestado tanto su virtud que le reclaman seguir en campaña. Si bien es verdad que la consulta popular no fue una elección y, por ser la primera, no hay con que comparar, el resultado sigue siendo sorprendente. Quien le diga que no le está mintiendo.

La fuerza de cualquier populista depende de las masas. Sin ellas, el líder no es nadie, pues su poder deviene de ellas. La consulta del domingo pasado dejó entrever que López Obrador no es tan fuerte como parece. Su poder de movilización se encuentra menguado. Lo peor es que todos lo saben. Lo sabe la oposición, lo saben sus colaboradores, lo sabe usted y lo sé yo. El menor de los problemas para el presidente es el resultado de esta consulta. El verdadero problema es que en marzo del próximo año se estará jugando su cargo. 

La revocación de mandato también requiere del 40% de participación para ser válida; pero, a diferencia de la consulta de este domingo, para dicho proceso puede tener por seguro que contará con todo el apoyo de la oposición para satisfacer dicho umbral. Además, se le juntarán todos aquellos que le guarden rencor por los más de 3 años de magros resultados. Ruegue el presidente que para dicha fecha ya haya recuperado el toque, o, al menos, que la oposición continúe tan infructuosa como lo ha sido todo su sexenio. Algunos podrán argumentar que los 7 millones de votos no son pocos; sin embargo, cuando uno tiene en cuenta que no todos ellos fueron votos obradoristas, sino que genuinamente hubo votantes preocupados por la justicia transicional, el número palidece. En todo caso, si el estándar del partido en el poder es ese 7%, les aseguro que no llegaran muy lejos. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Diría Kurt Weyland (2019) que “los líderes populistas viven peligrosamente. En la búsqueda de maximizar su propia influencia e independencia, prescinden de la engorrosa creación de instituciones y confían en su atractivo personal. Pero si bien esta audaz estrategia promete diseñar un predominio político sin precedentes, también corre el riesgo de conducir a un fulminante colapso político.” (324) Muchos deseamos que López Obrador pierda esa fortaleza que le permite doblegar los límites institucionales, pero, a pesar de todo, debemos ser honestos, a nadie le conviene su calamitoso derrumbe. Todos vamos en el mismo barco y el mar está bravo.

Referencias:

 Weyland, Kurt. “Populism and Authoritarianism” en Routledge Handbook of Global Populism editado por Carlos de la Torre (Nueva York: Routledge, 2019)

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