Historia e influencia de las personas afrodescendientes: algunas aportaciones a la cultura del México moderno

Miranda Carballo Corrales

Desde tiempos de la Revolución, en México se impulsó lo que se conoce como la leyenda del mestizaje: la unión de lo indígena y lo europeo (Navarrete, 2016).  Pese a que dicha  historia solo toma en cuenta a dos personajes: el europeo y el indígena; esta mezcla  nunca fue lo suficientemente grande como para ser llamada la nueva población de la América. En lugar de eso, México comenzó a llenarse de diversas mezclas entre las diferentes etnias, una de estas fue la de los descendientes de los africanos. El presente ensayo pretende desmentir dicho mito del mestizaje y reivindicar la importancia de la afro-descendencia en nuestro país, con especial atención en sus avances logrados en el México moderno.

La idea de “pueblos negros” siempre ha sido un tabú en México. Desde la época de la colonización se ha ignorado la importancia de dicha población en nuestro país. En la Nueva España se ha estimado que llegaron a conformar hasta un 10% de la población. Pero no fue hasta mediados del siglo XX que el antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán demostró que, de hecho, los afrodescendientes estaban mezclados con los indígenas y europeos, conformando así la “tercera raíz” de nuestro pueblo (Navarrete, 2016). La última afirmación, ni con todo el apoyo del gobierno y de las organizaciones defensoras de los afrodescendientes a lo largo de los años, se ha logrado convertir en una realidad: México aún sigue inmerso en el racismo.

El rezago social que sufre este grupo es impresionante. Su lucha ha sido minimizada, e incluso adjuntada a la de los indígenas. Dentro de la narrativa cultural mestiza impuesta por el  PRI para la creación de un estado heterogéneo se borraron los rasgos “negros” de muchos héroes de la patria, como  Vicente Guerrero y José María Morelos (Narvaéz, 2017) que por mucho tiempo  en ningún texto oficial repartido por la Secretaría de Educación Pública se mencionó que eran mulatos o de descendencia negra. Este hecho además de invisibilizar a un grupo que hoy en día conforma el quinto grupo más importante a nivel nacional, les niega un su pasado histórico y los rezaga a la sola noción de esclavos, cuando fueron mucho más que eso (Masferrer, 2018).

No fue hasta finales del siglo pasado que su voz comenzó a ser escuchada. Cerca de los últimos años de la década de los sesenta, en México y el mundo comenzaron una serie de revueltas ligadas a los movimientos estudiantiles. Estas dieron paso a varias demandas sociales, como el movimiento guerrillero en Costa Chica, Guerrero en 1970. Dicho movimiento comenzó una lucha agraria entre campesinos y caciques por territorios, reclamos al partido hegemónico y denuncias de abusos presentadas frente a la comisión de derechos humanos. En 1992, los negros se unieron al Consejo Guerrerense 500 Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular (López, 2018), con el fin de amplificar su voz y ser escuchados por el gobierno federal. 

No fue hasta 1994, con el tratado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que se sentaron verdaderas bases para el diálogo entre comunidades autónomas y el gobierno federal. No obstante, dicho acuerdo solo reconocía a los pueblos indígenas. Dicho pacto respetaba la narrativa hegemónica del Estado mexicano, lo cual significó, de nuevo, una invisibilización de los afrodescendientes. A pesar de eso, tanto el movimiento indígena como los acuerdos a los que llegaron fueron un referente importante, dejando el terreno fértil  para la lucha afromexicana y la de América Latina en general (López, 2018).

Finalizando la década de los noventa, la afrovisbilización comenzó a ganar terreno. Tanto es así que en su último informe de gobierno el presidente Ernesto Zedillo estableció que “… En México existimos, indígenas, mestizos y afroamericanos.” (Narváez, 2017), que posiblemente parezca poco para algunas personas, pero las organizaciones de defensa de las personas afrodescendientes significó un gran avance (López, 2018). Comenzaron a trabajar a la par con el gobierno y dentro de estas actividades, además de los coloquios organizados, impulsaron la reivindicación de la presencia afromexicana, así como la difusión de la cultura afromexicana. Con respecto a la reivindicación, es común que se crea, por ejemplo, que las personas afromexicanas solo provengan de Guerrero o de Veracruz, cuando realmente no es así.

De hecho, la población negra se acentuó en muchos más lugares, aunque su mayor aglomeración efectivamente se dé en los dos estados antes mencionados, también existe una gran presencia en Chiapas y Oaxaca. No obstante, seria un error pensar que los afromexicanos están estáticos en un solo lugar, esta visión incrementa la invisibilización, como lo apuntan las activistas Yolanda Camacho y Lucila Mariche, ya que, además de que los pone en el imaginario mexicano como una población que debe estar apartada, niega la posibilidad de las mezclas desprendientes de ella.

 De acuerdo con datos del INEGI 1.2% de la población total de México se reconoce como afromexicanx (INEGI, 2015). Esto tiene raíz en una larga lucha por parte de los grupos afromexicanos para ganar visibilidad, dado el continuo rechazo que vivían y viven la mayoría de las personas de tez negra el autoreconocimiento y considerarse parte de habla de una aceptación, dejando de la lado la esencialización impuesta por el gobierno mexicano. Esto es el primer paso para la movilización y el entendimiento de la situación política, económica y social (López, 2018) más en este país, donde el 56% de los afrodescendientes consideran que se respetan poco o nada sus derechos (Rodríguez, 2018). Su historia va más allá que la esclavitud y la marginación social, como comúnmente se nos ha contado, ellos son parte de los momentos más importantes de nuestro país y callar su voz es borrar una parte primordial de este. 

Además, las personas afroamericanas también han enriquecido la cultura del país. Por ejemplo, en el “baile del diablo”, que data desde el virreinato, se le pedía al Dios africano Ruja que les liberara del yugo español (Secretaría de Cultura, 2019) y la “danza a Obatalá”, recientemente inventada por las mujeres de la costa de Oaxaca, retoma las ideas del África Salvaje reafirmando sus raíces y ganando territorio en un espacio predominantemente masculino. (Varela, 2019). También el ámbito musical ha sido fuertemente abrazado por los afrodescendientes, como con el canta-autor Álvaro Carrillo, originario de Costa Chica, que relataba en sus canciones la violencia y la discriminación que formaban parte de su vida diaria y de las personas que lo rodeaban. 

Otro ejemplo es el de la época del cine de oro mexicano. La aparición de los afromexicanos se veía reducida a estigmas, estereotipos y englobado en lo “malo de la sociedad” ya que siempre encarnaban los mismos personajes: ladrones, prostitutas, traficantes, asesinos y si estaban en un ambiente más “tranquilo” como las escenas de los bailes de salón, siempre se les asociaba con los exótico, salvaje o “calenturiento”. Hoy en día se reconoce la importancia de incluirlos en el cine nacional, inclusive se han reclutado a campesinos o comerciantes para filmes como “La negritud” dado el escaso reparto con el que se cuenta de actrices y actores negros en el país. Aún con un referente tan importante, como lo es Lupita Nyong’.

El hecho de que no se les haya dado el reconocimiento necesario y que apenas en el censo de este año se esté impulsando que las personas se reconozcan abiertamente como afrodescendientes nos deja claro que México sigue siendo un país racista. Además, el hecho de que ni siquiera han podido tener una dependencia para ellos realmente, solo un departamento perteneciente a la Secretaría de Asuntos Indígenas (SAI), primer espacio  de representación gubernamental hasta el 2011 (López, 2018) muestra que su invisibilización apenas está desempolvándose del ámbito mexicano, como también se puede observar que las políticas de acción afirmativa para afromexicanos apenas empezaron a ejercerse en la década de los 90’s con la apertura de museos, pero no fue hasta inicios de la segunda década de los 2000’s que se comenzó a realmente incluirlos en la narrativa nacional. 1 

En conclusión, es más que evidente que la cultura afromexicana es la tercera raíz dentro del pueblo mexicano, son una parte esencial de nuestra cultura mexicana. Haberlos relegado tanto nos ha detenido no solo en nuestro conocimiento en nuestro país, sino también que nos ha hecho crear un mito, fuertemente racista, alrededor de mexicanos que toda la vida se han sentido desplazados dentro de su propio país. Hasta que realmente entendamos que este país tiene sus cimientos en la mezcla étnica y que ninguna está por encima de otra, podremos aplicar políticas públicas efectivas que realmente entiendan el contexto mexicano a profundidad y enriquecernos mutuamente, como siempre debió haber sido. 

 1Apéndice 1 extraído del texto de López

Apéndice 1:

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