Sobre las ¿contradicciones? que nos constituyen

Isabela Nieto

La soberanía popular es un término que ha causado controversia, antes de su nacimiento, y varios siglos después, sigue siendo cuestión de debate, tanto por sus implicaciones internas, como por sus efectos prácticos en los ámbitos legal, político y cultural. El término surge por primera vez en el periodo de la Ilustración, época en la que se empieza a transitar de un régimen feudal y absolutista, a uno más inclusivo y democrático. Como su nombre lo dice, este concepto hace referencia a una realidad en donde el pueblo sea el legítimo poseedor de la soberanía de un cuerpo político. Sin embargo, hay algo poco obvio dentro de esta idea que innumerables personas de distintas épocas y contextos han intentado contestar: ¿quién es el pueblo? 

El presente ensayo buscará hacer una comparación entre la lectura del término “soberanía nacional” en la época post-independentista mexicana, con algunas de las ideas y argumentos que envolvieron y parieron a este concepto en la Inglaterra y Francia de los siglos XVII y XVIII.

En los textos, The Creole Revolution of Lucas Alamán y El Horizonte Impensable: El Momento Rousseauniano (1848-1853) de Josh Simon y Eías José Palti respectivamente, se hace una revisión histórica del debate que se suscitó entre los liberales y conservadores en las primeras décadas del México independiente. Ambos textos reposan en los escritos y pensamientos de Lucas Alamán: escritor, político, empresario e historiador novohispano. Su ideología se caracteriza por ser de corte conservador y, sin embargo, cobró popularidad en una época donde la izquierda dictaba el status quo. Aquellos que pensaban como él, son conocidos como alamanistas o monarquistas y, a continuación, presentaré algunas de sus principales críticas a los liberales republicanos.

La Guerra de Independencia Mexicana triunfa y los independentistas buscan establecer un sistema democrático y federal; este basado en la premisa de que México no sólo era capaz de funcionar como una nación soberana, sino que lo era y debía reconocérsele como tal, pues la voluntad general se materializaba en la soberanía. Alamán, como a muchos pensadores previos a él, le inquietaba la ambigüedad que planteaba el principio de soberanía popular en cuanto a la definición del pueblo per se. En 1848, tras el término de la invasión estadounidense, surge El Universal; plataforma que fue utilizada por Alamán y compañía, para terminar de polemizar en torno al monarquismo. Este periódico se encargó de publicar las críticas más agudas al sistema republicano popular.

Según los alamanistas, la falla principal de los liberales republicanos no recaía en el “quimérico sufragio popular”, sino en el mismo principio de soberanía popular que, para ellos, era perverso, desastroso e irracional. Primeramente, hablaban de una paradoja inherente a la noción moderna de ciudadanía: el sujeto-ciudadano se encuentra por encima de la ley (pues solo así es verdaderamente soberano), pero a la vez por debajo de ella (puesto que una no puede ser soberana de una polis, si no acepta a la par, someterse a su ley). Decían, en tono de burla, que era más simple comprender el misterio de la Santísima Trinidad que la idea de entender al pueblo por arriba y por debajo de la ley al mismo tiempo. 

En segundo lugar, criticaban lo que llamaban “enigma de la representación”; mecanismo por el cual los apoderados pasan de ser individuos a ser la expresión de la voluntad general. En otras palabras, un mecanismo para ejercer legítimamente el poder de represión sobre aquellos que antes les delegaron el poder. Y, es que, según los monarquistas, también hay una contradicción en esta idea de representación política: los derechos soberanos no pueden delegarse verdaderamente. Solamente existen dos opciones en la práctica: los individuos conservan sus derechos soberanos y, junto con ellos, su facultad de rechazar al poder público establecido en cualquier momento; o, la otra opción, es que todos renuncien a sus derechos soberanos, lo que los despojaría de su característica de soberanos y, en ese sentido, no podrían delegar esa soberanía que no tienen. La primera alternativa conduce a la anarquía y la segunda al despotismo y a la ilegitimidad de las instituciones que han sido levantadas sobre el pilar de una voluntad inexistente. Dicho como en las publicaciones de la época: “Si el pueblo no renuncia a sus derechos soberanos, ¿de quién ha de ser soberano? ¿De los asnos?”

Los alamanistas también hacen otras críticas, entre ellas, a la falta de necesidad de renovar el pacto social con cada generación para la subsistencia de la sociedad, y a la contradicción del derecho de insurrección dentro del marco liberal republicano. No obstante, son las dos primeramente mencionadas, las más fuertes. Y, debido a que no hubo respuestas contundentes en la época de ninguna parte, me atreveré a contraargumentar desde la perspectiva de ambos Locke y Rousseau. 

En Locke se puede encontrar una respuesta a la crítica alamanista sobre el pueblo y su relación con la ley, previamente mencionada. Según este pensador, el origen de la sociedad política es el consentimiento de los individuos. Es decir, lo que permite la membresía a la sociedad política es el consentimiento individual; sin embargo, una vez dentro, el motor que le da poder, legitimidad y fuerza al ente, es el consentimiento colectivo. Y, en ese sentido, la mayor amenaza no puede ser la mayoría con todo y su pluralidad, sino la minoría y, puntualmente, la minoría de la Corona que amenaza con sofocar la voluntad de la mayoría. De hecho, Locke expresa la necesidad de establecer un juez imparcial que pueda preservar la humanidad y castigar a los transgresores, pero aclara que este no podría ser el rey; pues si el problema del estado de naturaleza es que los humanos, al ser jueces de su propia causa se conducen a la inestabilidad, el rey haría lo mismo con todo el poder (lo que solo agrandaría el problema).

Aunado a esto, Locke limita claramente los fines y límites de la sociedad política con la intención de desmitificar a este ente: los poderes legislativo y ejecutivo nunca se pueden extender más allá del bien común. Locke dice que el poder legislativo sí es absoluto, pero dentro de su característica fiduciaria; por ende, si su actuación es contraria a los fines establecidos, las personas -individual y colectivamente- pueden desobedecerlo con base en el principio de autopreservación. Locke, entonces, le diría a Alamán que su crítica a la irracionalidad del concepto de soberanía popular no tiene cabida, puesto que la comunidad es el poder supremo, siempre y cuando no se halle bajo alguna forma de gobierno.2 Cuando hay un gobierno consolidado, el poder recae en él, pero cuando por alguna razón se disuelve1, el poder se le regresa a la comunidad. En ese sentido, el pueblo no es omnipresente con respecto a la ley, sino que los derechos soberanos se pueden ceder bajo la premisa de que pueden regresar, ya que no se pierden.

Por otro lado, Rousseau también tendría mucho que decirles a los monarquistas mexicanos. El “enigma de representación” anteriormente mencionado, es algo que Rousseau no sólo pensó y previó, sino que propuso una solución. ¿Cómo asociarse tal que la fuerza creada por la unión pueda defender a sus miembros al mismo tiempo que solo los obedezca a ellos? Según Rousseau, la inexorable dependencia de los humanos hacia los de su misma especie es la fuente de muchos males. Por eso, propone una interdependencia social para superar los problemas producidos por esta imposibilidad de independencia. La interdependencia social busca lograr un diseño constitucional, en el cual no haya otra dependencia que la de todos conforme a la ley. Y la ley, no es otra cosa que la voz por la que puede hablar la voluntad general. En otras palabras, propone crear una igualdad artificial que se origina al eliminar las desigualdades que se dan en la dependencia, a través de la generación de una misma dependencia de todos a esta interdependencia. Este proceso se lleva a cabo cuando cada individuo pone su persona bajo la voluntad general: “como dándose a cada cual, no se da a nadie, hay que darnos totalmente a los demás”. Es así, según Rousseau, la única forma en la que se puede ganar lo que se pierde e incluso obtener más fuerza para conservar lo que ya se tiene.3

Es, también, por medio de esta interdependencia social que se pueden delegar los derechos soberanos y permanecer siendo soberano, pues para Rousseau todos los ciudadanos forman parte del soberano. El individuo es soberano cuando es activo y ciudadano cuando es pasivo, no obstante, esto sólo se puede entender cuando vemos el todo, puesto que la soberanía siempre recaerá en la colectividad de los individuos. Rousseau le diría a Alamán que estar en el poder es todo lo contrario a tener el derecho legítimo para ejercer la represión, dado que, primeramente, la voluntad general (materializada en la ley), nace de una consideración seria del bien común y, porque de no cumplir con ésta estando en el poder, los ciudadanos dejan de estar obligados a obedecer (siempre y cuando sea la mayoría la que así lo considere).  Añadido a esto, Rousseau dice que ser libres no es otra cosa que seguir la voluntad general; es decir, seguir la ley que me doy a mí misma. 

Los argumentos de las tres partes no solo parecen estar en un mismo espacio temporal, sino que muy bien podría ser el espacio temporal presente, dada la vigencia de los argumentos. Esto demuestra la complejidad y la trascendencia del debate que envuelve el principio de soberanía popular. Si bien, Rousseau y Locke proponen una teoría completa y bien justificada que resuelve parcialmente las grandes paradojas que Alamán y los monarquistas señalan, éstas críticas no dejan de ser válidas y pertinentes. El mundo actual continúa luchando con problemas viejos y muchos de estos se han revolucionado: la tendencia de gobiernos populistas, crisis migratorias con millones de desplazados, nacionalismo ferviente y una cruel xenofobia, son algunos de los temas que tienen a la soberanía nacional en el centro de sus discusiones, ya sea directa o indirectamente. Por eso, creo que es prudente no excluir a este tema de la mesa, a pesar de que puede presentarse como muy abstracto, filosófico o antiguo; hoy, al igual que siempre, es menester replantear los límites y los espacios que puede adoptar este concepto, debido a sus fuertes efectos prácticos en la vida de millones. 

Notas:

1. Puede disolverse por culpa del ejecutivo, del legislativo o por una rebelión ciudadana, según Locke.

2. Muy similar al Hobbes de Steinberger.

3. Las cosas buenas que se tienen antes de entrar a la sociedad y las que se pierden en el mismo proceso.

Bibliografía:

Jean-Jacques Rousseau, Del Contrato Social o Principios del Derecho Político, Libro 1

John Locke, Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil 

Josh Simon, “The Creole Revolution of Lucás Alamán” The Ideology of Creole Revolution: Imperialism and Independence in American and Latin American Political Thought (Cambridge: Cambridge University Press, 2017), capítulo 5.

Elías José Palti, “El Horizonte Impensable: `El Momento Rousseauniano´ (1848-1853)”, La invención de una legitimidad: Rezón y retórica en el pensamiento mexicano del siglo XX (Ciudad de México: FCE, 2005): 215-251

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