Análisis de la película: ¡Vámonos con Pancho Villa!

Isabela Nieto

“¡Vámonos con Pancho Villa!” es una película mexicana dirigida por Fernando de Fuentes en 1935 que relata la historia de un grupo de seis hombres que, como el nombre lo infiere, se une a las tropas de Pancho Villa por ser fieles creyentes de los ideales de la Revolución. La película no narra la vida de personajes particularmente especiales o sobresalientes en la lucha, sino que narra una serie de eventos que atraviesan algunos villistas, así como los tintes que permeaban aquellos años de revuelta. 

En primer lugar, la bellísima fotografía de la película nos regala un acercamiento a la cotidianeidad que se vivía en los estados norteños del país alrededor del año 1914; la familia tradicional patriarcal, un espíritu de lucha dentro de hasta los más pequeños y una numerosa clase media constituida por: rancheros, mineros, comerciantes, artesanos y otras ocupaciones. Era esta clase media la cual estaba parcialmente educada en los acontecimientos del país y que buscaba involucrarse en el proceso del cambio.

En esta primera parte, se puede observar la construcción de la narrativa que le daría fuerza y justificación a la lucha, la creencia compartida de que “ya está muy mal la cosa” y la de que “Pancho Villa pelea para que todos tengan tierras propias y qué comer”. Así es como la convicción de derrocar al régimen existente y el hartazgo de las prácticas autoritarias del momento, conllevaron la creación de un ejército caracterizado por la pluralidad de sus miembros cuya mayoría no tenía un entrenamiento militar formal. 

En segundo lugar, se puede observar el grandioso protagonismo que se le da a Villa en la Revolución. La segunda década del siglo XX, en México, estuvo colmada de facciones militares e ideológicas bastante determinadas, ya que los abusos del Porfiriato llevaron a más de un grupo a organizarse y tomar las armas a lo largo de la década, entre ellos:  maderistas, zapatistas, constitucionalistas y villistas. Pero a pesar de las distintas voces que clamaban durante aquellos tiempos, la película hace un énfasis en Pancho Villa y su ejército, al grado que pareciese que Villa es la Revolución y viceversa. 

La importancia que jugó este personaje en el desenlace de los eventos es innegable; su don de gentes, su determinación, sus notables habilidades militares, su lealtad y atención a sus hombres, y su espíritu resiliente, le otorgaron justamente el apodo de “Centauro del Norte”, así como el reconocimiento de héroe nacional hasta nuestros días. Sin embargo, la película se limita a exponer las demás voces y demandas que exigían cabida. Poco se menciona el trasfondo del problema agrario para los zapatistas y su exigencia de una profunda reestructuración de las formas prevalecientes de propiedad o sobre el objetivo de Carranza de restablecer el orden constitucional y asentar al gobierno en un marco legal sólido. La película es villicentrista y habla principalmente de la devolución de tierras, la reforma social y el derrocamiento de los grupos en el poder como justificación de la lucha armada.

La muerte del “Becerro” al final de la película arroja a la luz una serie de contradicciones de las cuales la lucha no estuvo exenta: ¿Villa, héroe o bandido?, ¿quiénes son los buenos?, ¿luchar para mejorar la vida de las personas, pero no preocuparte de quienes luchan? o ¿el fin justifica los medios? Definitivamente, no son preguntas fáciles y es sabido que la lucha en ninguna etapa fue simple y que tampoco se vivió en un contraste blanco-negro, sino que siempre fue una escala de grises, hasta en aquellos que presumían ser los más radicales. Esta escena matiza el romanticismo con la que se puede vivir y recordar una guerra, con la cruda y contradictoria realidad que también es. 

La trascendencia de la revolución es un debate vigente que continúa viajando en labios de historiadores y no historiadores. A pesar de que varias prácticas sociales y de manejo de poder por las que se lucharon siguen vivas y coleando, la Revolución y la Constitución de 1917 le dieron un nuevo aire a México que le permitió cambiar sustancialmente en términos constitucionales y de derechos obreros y campesinos. 

Para finalizar con una opinión, creo que “¡Vámonos con Pancho Villa!” es rica por el imaginario histórico que proyecta a través de su fotografía, pero aún más, por la valentía y heroísmo con el que proyecta a los revolucionarios. Ese ejemplo de espíritu con sed de justicia e igualdad, de amor a la idea de un país mejor y de valor para actuar, que comparten los rebeldes es quizá uno de los mayores legados que nos dejó la Revolución Mexicana. Hoy en día habitamos muchos inconclusos y nos sobran las peleas por enfrentar, sin embargo, el espíritu revolucionario sigue vigente en la inexorable lucha por justicia de las mexicanas y mexicanos.

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