Democracia en América: el corazón de una nación

Aranza G. Icaza García

“Una gran revolución democrática tiene lugar entre nosotros” (Tocqueville et al. 2000, 3). Con esta aseveración, Tocqueville inauguró no sólo su obra más representativa, sino igualmente el texto que enmarca con precisión la esencia de Estados Unidos a lo largo de los siglos.

El autor fue arrastrado a una travesía a lo largo de la nación por su amor a la grandeza y su necesidad de conocer lo que era una gran república (p. 39). Tras utilizar de pretexto una pequeña investigación en torno a la reforma penal en América, Tocqueville se inmerso en un debate con el sistema democrático estadounidense, utilizando el principio de igualdad como base primordial. Además de introducir el rol que jugaron en la conformación de la nación aspectos como la libertad, el patriotismo, la religiosidad y la soberanía popular, busca insertarse en la gran revolución democrática, que parecía gestarse a nivel internacional. La transformación, cuyo más fiel representante era Estados Unidos, fue juzgada por algunos como accidental y por otros como indestructible (p. 3); por su parte, el autor la consideraba el futuro al que habían tendido todos los grandes eventos de la historia reciente (p. 5).

La obra está estructurada en torno a dos pilares esenciales: el primer volumen, publicado en 1835, buscó retratar de manera vívida a Estados Unidos y sus estructuras políticas, legislativas y sociales. El segundo volumen, publicado cinco años más tarde, intentó capturar las características generales de una sociedad democrática que permanecía incompleta en la práctica, pero cuyo modelo más cercano era el estadounidense (p. 41).

El autor centra sus reflexiones en el sistema democrático impuesto en la nación por la originalidad que este conlleva en su época. En el primer volumen,  no perdió la oportunidad de alabar tanto al sistema democrático, fundado en la igualdad entre los ciudadanos, como a la fuerza y presencia de la soberanía popular en el entorno político (p. 53). A pesar de asegurar que “la fe en la opinión común vendrá a ser una especie de religión, de la cual es profeta la mayoría” (Tocqueville et al. 2000, 410), resaltaba la libertad como valor prioritario para el pueblo estadounidense. Tocqueville establece que el fervor que siente la sociedad por la igualdad entre los hombres se refleja en el núcleo familiar, a través de las nuevas relaciones de parcial igualdad entre padres e hijos (p. 561), la confianza recién adquirida en la fortaleza de las hijas (p. 563) e incluso el posicionamiento de la mujer en el mismo plano que el hombre a nivel moral e intelectual, a pesar de mantener roles definidos en el hogar y someter siempre a las esposas a una vida de sacrificio y abnegación (p. 565).

Otro aspecto característico es cómo enfatiza lo que distingue a Estados Unidos de las estructuras sociales europeas. La sociedad americana es una sociedad ilustrada que tuvo que construirse a sí misma, a pesar de llegar al continente ya educada y ser el resultado de dieciocho siglos de evolución (p. 290). Los individuos sienten amor y legítima pasión por el ideal de igualdad, emoción reflejada en su sistema político y estructura social (p. 481). A pesar de fundarse fuertemente en la libertad, no la prefieren a la igualdad, pues aseguran que la primera es el arte más prolífico pero también más difícil de perfeccionar (p. 229).

Se trata de un pueblo muy arraigado al patriotismo, con un amor reflexivo por la nación y la religiosidad como aspecto fundamental de todo hábito nacional; la obra denota que “no hay en el mundo más que el patriotismo o la religión, que puedan hacer caminar durante largo tiempo hacia un mismo fin a la totalidad de los ciudadanos” (Tocqueville et al. 2000, 89). Estos tienden al individualismo y juzgan desde sí mismos la realidad que los rodea, aunque su elevada ilustración no evita que nieguen lo que no son capaces de comprender (p. 404). Sus moralistas siguen de cerca la “doctrina del interés” pues, más allá de importarles la virtud como fin en sí misma, la consideran el mecanismo más práctico para alcanzar el bienestar (p. 501) o asegurar la salvación (p. 505).

En el ámbito gubernamental, Tocqueville señala una fuerte descentralización administrativa que responde a su sistema democrático (p. 82). Critica duramente a la figura de gobernante típica de la época, menos sobresaliente que los primeros representantes políticos de la nación. Mantiene que, durante el siglo XIX, “los grandes caracteres aparecen entonces de relieve, como esos monumentos que oculta la oscuridad de la noche y que se ven de repente en la claridad de un incendio” (Tocqueville et al. 2000, 190). Además de retratar la división entre clases y estados, ahonda en la postura aislacionista que en ese periodo se mantuvo respecto a Europa (p. 217), la falta de ilustración presente en los estados sureños y la forma en que la vida pública se integraba a la vida privada. El sistema estadounidense buscaba fomentar la colaboración entre los individuos y resaltar su mutua dependencia, aspecto reflejado en cualquier asociación civil (p. 490).

La obra resulta bastante ilustrativa y va progresando hacia un tono más profundo en el transcurso de su elaboración. No sólo ejemplifica a detalle cada argumento, sino que sintetiza de manera extraordinaria la complejidad de las estructuras políticas, económicas y sociales que conforman a los Estados Unidos. A pesar de sus grandes logros, presenta la importante falla de cerrar con predicciones alejadas de la realidad que se concretó tras su publicación, con fuertes índices de desigualdad social y la normalización de la injusticia. Puede perdonársele que ignore las contradicciones propias de la esencia de la nación, como la represión a ciertos grupos sociales en un país fundado en la igualdad y libertad; esto se justifica por tratarse de una crítica únicamente posible desde una mirada contemporánea. Sin embargo, es imposible ignorar que las promesas establecidas en las últimas páginas permanecen sin materializarse. El autor habla de la desaparición de las grandes fortunas, el fin de las irremediables miserias y la crueldad como desconocida (p. 674). Retrata el fin de los extremos y la polarización, a pesar de ser aspectos que aún caracterizan y definen la esencia de la sociedad estadounidense.

No resulta difícil identificar por qué la obra se ha vuelto un clásico de la literatura norteamericana. A pesar de cualquier ligera carencia o falla, Democracia en América sin duda permanece como un retrato fiel no sólo del pueblo estadounidense, sino igualmente del carácter y esencia de su nación.

Notas

1. Todas las traducciones en este texto son de autoría propia.

Bibliografía

Tocqueville, Alexis de, Harvey C. Mansfield, y Delba Winthrop. 2000. Democracy in America. Chicago: University of Chicago Press.

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