Sobre el conflicto del Congo y sus ¿contradicciones?

Isabela Nieto

Jason Stearns hace un recuento histórico de los sucesos que condujeron al estallido de la Primera Guerra del Congo, las razones por las que ésta termina, los factores que explican el pequeño periodo de paz antes de que estallara la Segunda Guerra y lo que vino después de que esta brutalidad “culminara”. El autor afirma que no existe una única teoría que pueda explicar las causas y el desenlace del conflicto del Congo, por lo cual estudia la perspectiva económica, política y cultural, a partir de las múltiples posturas que sostenían los actores envueltos (ya sean grupos étnicos, élites, facciones rebeldes, países o actores internacionales).

El propósito de este ensayo es, en primer lugar, explicar la ideología anti-tutsi por parte de las élites y los ciudadanos en general, a través de la investigación de Abbink y Dogan sobre cómo elegir a una víctima. Y, en segundo lugar, analizar por qué el ansiado gobierno de Kabila, instaurado tras el derrocamiento del dictador Mobutu, no se tradujo en un mejoramiento sustancial del orden político y el bienestar social del Congo. Para aquello, utilizaré las teorías de Daron Acemoglu y Robert Powell, sobre redistribución ineficiente y juegos de principal-agente con (in)credibilidad, respectivamente. 

Una constante en la historia del Congo es la extrema violencia que fue perpetuada por todas las partes, sin discriminar entre soldados, niños o mujeres. Sin embargo, Stearns señala que es menester comprender que los actores están lejos de ser unos salvajes sedientos de sangre y que, en realidad, son humanos racionales cuyas obscenas acciones están enraizadas en motivaciones políticas. Es por eso, que utilizaré el experimento del bullying, llevado a cabo por Abbink y Dogan, para explicar la elección del pueblo nativo Tutsi como víctima de las élites y los civiles, primero a través del genocidio en Ruanda (precondición para el conflicto congolés por la crisis migratoria que desató) y, después, a lo largo de la guerra como punto focal. 

Un juego de coordinación es aquel en el que a un individuo le conviene hacer lo mismo que los otros hacen, sólo porque los demás lo están haciendo, incluso si no es su opción preferida. Los autores dicen que, en el proceso de escoger una víctima, este es el juego que opera, pero con ciertos factores extras. Un primer factor es que la motivación esté guiada por los pagos; entre mayor sea el pago que recibirán los bullies, mejor se coordinarán detrás de una víctima. Esto puede explicarse con la larga historia de conflicto entre tutsis y hutus y con la versión tradicional del trasfondo del genocidio: los belgas en la colonia impusieron un orden similar al de castas, donde la mayoría hutu estaba subordinada a la minoría tutsi, y este orden exacerbó el odio y el recelo dentro de la sociedad, generando un grupo radical hutu que terminaría por asesinar a alrededor de un millón de personas. Es decir, el pago de matar tutsis en 1994 era muy alto en dos sentidos: primero, para los radicales hutus, significaba tomar el poder de su país, triunfar en ideología y “hacer justicia” por el pasado.  Mientras que, para otros hutus, el pago de hacer lo que algunos miembros de su tribu hacían era ganancia económica y, en muchos casos, no morir por no hacerlo. 

 Otro factor importante tiene que ver con la víctima: la probabilidad de ser elegida como víctima aumentará conforme las diferencias sean más evidentes. Independientemente del nivel socioeconómico, los bullies se enfocarán en los puntos focales, puesto que éstos facilitan la coordinación detrás del otro, reduciendo la probabilidad de ser ellos los elegidos para violentar. Los tutsis, según las creencias populares, tienen características distintivas propias, como lo son la gran altura, nariz larga, tez más clara y facciones afiladas, que “facilitan”1 su identificación. Aunado a eso, hay elementos importantes, distintos a los rasgos étnicos, que podrían explicar racionalmente este odio. Por ejemplo, una encuesta llevada a cabo en Kinois, reveló que el 19% de los habitantes creía que había una hegemonía tutsi en África Central que debía ser enfrentada. Otro ejemplo son los Banyamulenge, una comunidad congolesa, relativamente pequeña de mayoría tutsi, cuyos miembros nunca fueron reconocidos como congoleses por los mismos congoleses debido a sus lazos con los tutsis ruandeses.2 Esta creencia de no ser verdaderos congoleses fue reforzada por la participación de algunos bayamulenges en la guerra con el Frente Patriótico de Ruanda (RPF). No obstante, la etnia fue la herramienta más fácil y efectiva que utilizaron políticos y rebeldes para movilizar a la población y justificar la violencia, lo que afirma otro factor del experimento: ricos y pobres reaccionan igual en focalidad.

Antes de concluir esta primera sección, considero importante mencionar un factor importante expuesto en el trabajo de Abbink y Dogan. La focalidad, además de producirse mediante características fácilmente identificables, también se construye a partir de interacciones repetidas. Es decir, si un grupo ya ha sido victimizado en periodos pasados, será más proclive a volver a serlo en el periodo presente y en el futuro. Esto se puede probar en el nulo decremento de la ideología anti-tutsi a lo largo del conflicto congolés. Los tutsis fueron víctima en el genocidio ruandés, durante la Primera Guerra, durante la Segunda Guerra e incluso hoy en día, los Banyamulenge siguen teniendo muchas disputas de poder y tierras con sus comunidades vecinas en Kivu del Sur que continúan discriminándolos por no ser verdaderos congoleses. La coordinación de bullying hacia este pueblo nativo probó ser capaz de movilizar a millones de ciudadanos en más de un país por más de una década; muchos por odio, otros por miedo a las denuncias de los sobrevivientes, algunos bajo amenaza y varios por coerción. 

The anti-Tutsi propaganda was part of our military tactics; we didn’t believe it, but in a guerrilla war you have to motivate soldiers and indoctrinate the population.”- PaulRwarakabije, comandante de la ex-FAR.

El segundo tema a tratar, involucra la incógnita de la permanencia en costumbres políticas autoritarias por el nuevo gobierno “democrático” de Kabila, tras el derrocamiento del dictador Mobutu en 1997. Mobutu Sese Seko fue el presidente de la República del Zaire, desde 1971, hasta el triunfo de la rebelión armada casi treinta años después de su llegada al poder. Su mandato se caracterizó por abusos sistemáticos, nepotismo, represión política, excesiva corrupción, desorganización institucional y nula atención a las necesidades ciudadanas. De hecho, al momento de su partida, Kinshasa, la tercera ciudad más grande de África, se encontraba completamente magullada: el 95% de la población trabajaba en la economía informal, 50% vivía de una comida al día, el 25% de una comida cada dos días y no contaba con sistema de drenaje en su mayor parte. Es por fenómenos como este, que Daron Acemoglu se pregunta: ¿Por qué los grupos poderosos no son depredadores eficientes? O, en otras palabras, ¿por qué no maximizar el tamaño del pastel y después robar?

Para responder la pregunta, utilizaré la teoría que ofrece el mismo Acemoglu y la acompañaré con el artículo de Robert Powell titulado Why Some Persistent Problems Persist. El Congo tiene un extenso territorio y es muy rico en recursos minerales, en términos de diamantes, oro, cobre, cobalto, litio y tantalio, entre otros; sin embargo, las instituciones políticas fueron intencionalmente erosionadas por el dictador Mobutu para prevenirlas de sofocar su poder. Aunado a eso, el dictador enfrentó minuciosamente a los negocios líderes del país para debilitarlos y que, así, no pudieran enfrentársele. Estas estrategias se tradujeron a un sistema en el que se tenía que sobornar y romper la ley para poder avanzar3 y, a su vez, no proveía derrame económico más allá de las élites cercanas a los miembros del poder. Entonces, ¿por qué no activar la economía para obtener mayores beneficios personales sin perjudicar tanto a las personas?

Según Acemoglu, la respuesta es que, básicamente, el grupo dominante perdería su poder político y dejaría de serlo. Esto debido a que, para aumentar el tamaño del pastel, en este caso utilizaré “pastel” = PIB, habría que reconfigurar una serie de estructuras políticas y económicas. Para establecer compromisos creíbles con el grupo dominante, primero habría que darles poder político a grupos excluidos, lo que implicaría restarle poder al grupo dominante (que nunca aceptaría). Por la informalidad institucional del Congo, el poder está desplegado como un juego de suma cero.

Para ilustrar mejor la idea, utilicemos el contrafactual de regular la industria minera. Según Stearns, Mobutu utilizó por años a la industria minera como una vaca de la cual ordeñaba efectivo para financiar su red de patrocinio, en vez de reinvertir las ganancias en desarrollo e infraestructura. De hecho, la avaricia de cerrar los tratos que le proveyeran mayor cantidad de dinero instantáneo, así como la falta de legislación contundente, llevaron a distintas compañías extranjeras a cerrar tratos directamente con los rebeldes, privando al gobierno legítimo de contratos multimillonarios. La cuestión es que, negociar directamente con el sector privado, le permitía a Mobutu esquivar sus actividades y transacciones financieras del ojo público. En otras palabras, regular este sector hubiera implicado depender de la aprobación de miembros que se encontraban más abajo en la escala burocrática y, eventualmente, de la aprobación de sindicatos de mineros, cuya existencia no había tenido cabida en aquel régimen dictatorial. Alterar los factores reales de poder para beneficiar al pueblo, implicaría en buena medida, una disminución de privilegios para el puñado más pequeño de los hombres dominantes. 

Por otro lado, también se podría complementar la pregunta (y respuesta) de Acemoglu utilizando el juego de principal agente con problemas de credibilidad propuesto por Powell. El juego de principal-agente se caracteriza por tener dos jugadores con información asimétrica, en donde el agente cuenta con más información, y el principal tiene la capacidad de premiar o castigar al agente. A su vez, la falta (o no) de credibilidad se reduce a un problema de incentivos. Generalmente, la solución a este juego consiste en que el principal invierta en el monitoreo del agente y que pague por resultados (ya que su intervención directa es muy costos,; de esa forma, ambos tienen motivos para cumplir con su parte. No obstante, Powell dice que muchas veces esa solución no es suficiente y argumenta que resolver el problema cambiaría la naturaleza del juego. Esto quiere decir que, en un juego con más de un periodo, el agente no tendrá grandes incentivos a resolver el problema que el principal le pide, porque al hacerlo se crearía un nuevo problema para el agente, resultando en costos extras o, podría reducir su habilidad para imponer costos al principal. 

El corto mandato de Laurent Kabila, líder de la rebelión triunfante, no fue mucho mejor que el de su predecesor; este tuvo poderes plenipotenciarios para elegir a jueces y funcionarios de altos mandos, y no dudó en arrestar a aquellos que se expresaran en su contra. Inflación, corrupción y estancamiento administrativo son las características con las que Stearn describe al gobierno de Kabila. Dicho lo anterior, analicemos bajo la lógica de Powell, una arista de la necedad de Kabila para resolver uno de los problemas más importantes que tenía: restaurar el orden público y resanar las instituciones para generar bienestar social.

En este juego, el principal será la comunidad internacional (ONU y organizaciones de DD. HH.)4 y el agente será Laurent Kabila. En este escenario, la ONU busca, por un lado, mitigar los efectos sociales de la guerra a través de la justicia y la generación de data para verificar los acontecimientos del conflicto y por otro lado, apoyar a las víctimas por medio de financiamiento y programas sociales, siempre y cuando el gobierno coopere con las acciones de reconstrucción social. En otras palabras, apoyo económico a cambio de transparencia y cooperación. Es obvio que no estaba en el completo poder del presidente reconstruir un país lesionado de un día para otro, sin embargo, tampoco llevó a cabo las acciones que sí le correspondían. Por ejemplo, le negó acceso a agentes que buscaban investigar lo sucedido con los miles de refugiados ruandeses que desaparecieron durante la Primera Guerra, incluso cuando donadores importantes amenazaron con retirar sus fondos de no llevarse a cabo una investigación seria. También desvaneció el presupuesto del parlamento y del gasto público, eliminando medios para responsabilizar al gobierno de sus acciones.

Esta falta de cooperación por parte del agente se puede explicar, primeramente, por la frágil posición en la que Kabila estaba parado, suscitándole paranoia y desdén a todo tipo de mecanismo que pudiera presentársele como un reto a su cargo. Pero, además, porque dejar entrar a investigadores internacionales podría causarle serios problemas debido a los abusos cometidos por la AFDLC5 bajo su mando, porque echar a andar el aparato democrático podría quitarle su propio cargo y, finalmente, porque tomar la batuta de la crisis de refugiados (y en su defecto, “solucionarla”) implicaría apropiarse de un costo que hasta ahora estaba siendo cubierto en su mayoría por la ONU y otras organizaciones. En ese sentido, a Kabila le convenía hasta cierto punto, mantener vivos los problemas que la comunidad internacional lo presionaba a resolver. 

Como conclusión, es menester resaltar que, si bien el conflicto del Congo es tremendamente complejo y está colmado de horror, hay explicaciones estructurales que empujaron a estos actores a actuar de la manera en que lo hicieron. No es sorpresivo que un sistema político que premia la corrupción sobre la honestidad y la crueldad sobre la compasión lleve a sus ciudadanos a coordinarse violentamente detrás de grupos vulnerables, o que convenza a sus líderes de que desmembrar sus instituciones es más conveniente que fortalecerlas, si al final lo único valioso es el poder. 

Y para finalizar, la evidencia presentada por los distintos autores prueba que fenómenos tan complejos y contradictorios como la Guerra del Congo, pueden cobrar sentido por medio de la teoría de juegos y que, para comprender la pesada realidad que nos envuelve, es necesario observar un aspecto a la vez para, de ahí, reconstruir la verdad. 

Notas

1. En realidad, no hay distinciones lingüísticas entre ambos grupos, ni distinciones raciales sustanciales. Las diferencias radicaban en sus ocupaciones y era común la fusión de estos pueblos en familias y comunidades. Fueron principalmente los belgas con su carné étnico que dividió a la población.
2. Me parece importante mencionar que los tutsis también cometieron atrocidades contra los hutus. Estas matanzas, perpetuadas por frentes y organizaciones con distintos nombres, intensificaban la creencia de que los otros eran los únicos agresores, cuando en realidad todos se victimizaban sin nunca apropiarse de sus crímenes; agudizando las diferencias.
3. Según un estudio del Banco Mundial, si una ciudadana pagaba todos sus impuestos en el Congo según la ley, estaría perdiendo el 230% de sus ganancias. En otras palabras, las instituciones eran inservibles y solo se podía vivir infringiendo la ley.
4. Los actores internacionales fueron varios: Banco Mundial, ONU, Ruanda, Angola, Uganda, Burundi, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, etc. Sin embargo, para fines del análisis presente, reduciré la participación a la ONU y otras organizaciones defensoras de los derechos humanos, para proveer un ejemplo más puntual.
5. Alianza de Fuerzas Democráticas para la Liberación del Congo: coalición de grupos congoleses contrarios a la dictadura de Mobutu, apoyado por el gobierno de Ruanda y su presidente Paul Kagame.

Bibliografía

Stearns, Jason. “Dancing in the Glory of Monsters: The Collapse of the Congo and the Great War of Africa”. Public Affairs, 2012.

Abbink, KIaus y Gönül Dogan. “How to Choose Your Victim”. Games and Economic Behavior, 113:482-496, 2019.

Powell, Robert. “Why Some Persistent Problems Persist”. American Political Science Review, 113(4):980-996, 2019

Daron, Acemoglu. “Why Not a Political Coase Thorem? Social Conflict, Commitment, and Politics. Journal of Comparative Economics, 31(4): 620-652, 2003

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