¿La culpa de «nadien»?: Reseña de El apando

Juan Pablo Figueroa Mansur

Desde las entrañas de la cárcel de Lecumberri, José Revueltas (1969) escribió El apando, un relato hiperrealista de la violencia que se vive dentro del sistema penitenciario mexicano. Tal autor ofrece una perspectiva cruda sobre lo que implica ser considerado una persona que no merece más que el peor destino: estar “apandeado” dentro de un cubo deshumanizante. Como si la condición de simple reo fuera ya poca cosa. 

Revueltas fue un hombre acusado de una decena de delitos enmarcados dentro del movimiento estudiantil del 68, entre ellos incitación a la rebelión y asociación delictuosa. Es así que, preso político del régimen autoritario de Díaz Ordaz, este pequeño libro se convierte en un testimonio, sí de ficción, pero que no se aleja en lo absoluto de la realidad actual de prisiones en México. Un ejemplo de lo anterior es Topo Chico en Nuevo León, o penales que funcionan como cantera de violencia y no como centros de rehabilitación.

Esta obra es una novela corta -escrita en un sólo párrafo- donde el narrador omnisciente sitúa al lector dentro del apando, la cárcel dentro de la cárcel, el lugar reservado para “lo peor de lo peor”, para “la podredumbre social”, para “quien no merece más una oportunidad”.

Los protagonistas de la historia son los apandeados: Albino, Polonio y El Carajo, apodos que dan identidad a tres hombres que no tienen más que a ellos mismos para seguir existiendo. Aferrados a la vida, cuya flama es alimentada por el abuso del consumo de droga, estos hombres viven enajenados dentro del cubo de paredes y fierros, donde los narcóticos son su única vía para salir, aunque sea por unas horas, de su tormento y aislamiento. De esta manera, el único rayo de luz proviene de una rendija, la que tiene un espacio tan reducido que hace que se vayan turnando para asomar la cabeza. La razón de hacerlo es mantenerse  vigilantes: esperan la llegada de Meche, La Chata  -amantes de los primeros dos- y de la madre del Carajo. 

El motivo de la historia es la necesidad permanente de los apandeados de estar fuera de sí mismos en su adicción, sin embargo, el leitmotiv reside en el plan que Albino y Apolonio diseñan para que la madre del Carajo -quien es una persona mayor y no sujeta a revisión- pueda meter la droga a la cárcel sin que sea revisada por las monas; es decir, las guardias de seguridad que revisan a los familiares de los presos. La madre del Carajo retrata a una mujer cansada y atada al destino de su hijo que sufre por ser parte de los olvidados. Hay señales para pensar que ni siquiera esta mujer se sentía libre: su hijo era el preso y ella cargaba con la responsabilidad como el Pípila con la roca: “La culpa no es de nadien, más que mía, por haberte tenido” (Revueltas, 1969: 9).

El punto más álgido de la novela se da en una pelea entre los apandeados y los guardias de seguridad (los monos). Esto llevará a un giro inesperado en la historia donde El Carajo en su autodeterminación y búsqueda de la libertad humana, decide desatar lo que le ataba a sus “días terrenales”. Este último término es empleado por Revueltas (1969) para referirse a su propia obra literaria. 

La historia tiene elementos filosóficos que nos recuerdan la dialéctica del amo y del esclavo, algo presente en la militancia marxista de José Revueltas. Aunque hasta cierto punto, esta contradicción entre vigilante y vigilado pierde sentido en este relato. La relación entre monos (guardias) y apandeados es asimétrica: los monos (y monas) buscan mantener el orden dentro de la cárcel, y los apandeados viven enajenados y al borde de la locura. Pero a pesar de la asimetría, los segundos burlan la seguridad y desafían el sistema.

Lo anterior lleva a cuestionarnos ¿quién es el responsable sino el Estado de que una persona (como el Carajo) esté dispuesta a cortarse las venas para ser llevado a la enfermería y así tener la oportunidad de recibir droga? La cárcel no es otra cosa más que el fracaso de la sociedad, aun dentro o fuera de un apando, es cruel pensar que una persona que cometió un error cambiará su actitud frente a la sociedad estando dentro de un lugar donde su dignidad como personas se ve aplastada. 

Revueltas invita a reflexionar sobre la pregunta de quién es el responsable de que la cárceles sean infiernos y no sean centros de auténtica rehabilitación, de que los apandos sean instrumentos del poder para vigilar y castigar (Foucault, 2002) a personas que ya habían sido castigadas por la lotería natural con condiciones materiales desfavorable y estigmatizadas por la sociedad. Una respuesta es que la culpa es de nadie, de “nadien”. “(…) Nadien, este plural triste. De nadie era la culpa, del destino, de la vida, de la pinche suerte, de nadien.” (Revueltas, 1969: 9). La culpa no es de nadie, es del Estado por querer destruir al individuo con tal de seguir proyectando su poder. La culpa es de todos por ser cómplices del fracaso político en términos sociales y de seguridad que ha implicado el punitivismo como forma de hacer justicia.

Bibliografía

Revueltas, José (1969). El apando. Editor digital: Titivillus.
Foucault, M (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores Argentina, 2002.




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