Entre feminidad y humanidad: estar verdaderamente vivas

Por Aranza G. Icaza García

“Al final, la mujer, como el hombre, tiene el poder de elegir y de crear su propio cielo o infierno” (Friedan 2013, XXV).1 De esta forma, Betty Friedan cierra la introducción de su obra, un análisis en torno a la pregunta de por qué las mujeres en los Estados Unidos habían perdido todo rastro de identidad, pasión y ambición.

La autora de The Feminine Mystique fue una teórica y líder feminista estadounidense, cuya activa presencia en el movimiento surgió a partir de la década de 1960, poco antes de la publicación de su obra en 1963. Según relata, sus investigaciones comenzaron tras la gradual realización de que algo estaba terriblemente mal con la forma en que la mujer estadounidense vivía su vida a mediados del siglo XX. Tras cuestionar de forma intensiva a antiguas compañeras de la universidad, adquirió cada vez más conciencia del impacto que poseía la imagen de madre y esposa ideal en el desarrollo de la mujer y la sociedad de los Estados Unidos, misma que fungía como molde y aspiración de toda joven estadounidense (p. 4). Habló con expertos en psicología, antropología, sociología y todo ámbito imaginable con cierto grado de competencia en el estudio de la mujer (p. XXII), hasta encontrar en cientos de testimonios la confirmación de un problema carente de nombre, pero con importantes repercusiones nacionales.

La obra inicia con un prefacio que aborda sutilmente la “mística femenina”, fenómeno experimentado por la mayoría de las mujeres estadounidenses en la década de 1960. Esta es sucedida por catorce capítulos que abordan problemáticas como la crisis de identidad femenina y la pérdida del “yo” en la mujer, la influencia del movimiento feminista de principios de siglo en la sociedad y la errónea decisión de retornar al hogar, dejando atrás la independencia y oportunidades recientemente adquiridas (p. 2). Cierra con un epílogo que relata la influencia que el libro, tras su creación y publicación, tuvo en la vida de la propia Friedan.

De la misma forma en que Winston Churchill habló una vez acerca de la “cortina de hierro” que había descendido sobre el continente europeo, en referencia a la expansión del régimen comunista, Betty Friedan analiza en su obra un nuevo tipo de amenaza que ha descendido sobre toda ama de casa estadounidense condenándola a una vida sin metas, propósito ni ambición (p. 406): el problema que no tiene nombre. Relata de esta manera la división pseudo esquizofrénica a la que estaban sujetas las mujeres en la década de 1960 por enfrentar de forma constante “una extraña discrepancia entre la realidad de sus vidas como mujeres y la imagen con la que trataban de conformarse” (Friedan 2013, XXII). Es esta imagen, esta construcción en la que participaron activamente los medios de comunicación, el sector privado e incluso la sociedad civil (p. 243), a la que denomina la “mística femenina”. En este periodo, las mujeres aprenden a rechazar la idea de una profesión, educación superior e incluso el acceso a derechos políticos (p. 4), bajo la ilusión de someterse a la “verdadera” feminidad.

De pronto, las mujeres comenzaron a percibir el contraer matrimonio, tener hijos y vivir en una bella casa en los suburbios como único fin posible (p. 13), mientras se obstaculizaba su acceso a la vida de la mente y el espíritu y se abrían las puertas en su lugar a un mundo que encontraba su esencia en bienes materiales y mecanismos de consumo excesivo (p. 27). Cualquier mujer que mantuviera como única profesión el ser ama de casa, se veía entonces limitada a su identidad como madre y esposa, sin conocerse a sí misma (p. 18), sin alcanzar grado alguno de independencia ni existir más que por y a través de su esposo e hijos (p. 32). 

El rol biológico y social de la mujer se encontraba, según la sociedad estadounidense, irremediablemente aislado de la política, el arte, la ciencia, las ideas o cualquier aspecto que fuera más allá de los cuatro muros de su hogar (p. 44). Las jóvenes parecían repentinamente incapaces de cualquier ambición o pasión, más allá del matrimonio (p. 172), bajo una existencia a medias en que la pregunta por su identidad no tenía cabida (p. 70). Gran parte de su sociedad culpó a una educación en que niños y niñas crecían bajo el falso concepto de que podían ser igualmente libres (p. 75); otros responsabilizaron al movimiento antiesclavista, pues “al organizarse, peticionar y elevar la voz para liberar a los esclavos, las mujeres americanas aprendieron a liberarse a sí mismas” (Friedan 2013, 96). Aun así, tardaron tan solo un par de décadas en intercambiar la temida imagen de la feminista, carente de todo amor y en completa soledad, por el modelo de la dulce madre y esposa rodeada de protección y adoración (p. 108).

La mujer estadounidense, reducida a su rol de ama de casa como única ocupación posible, comenzó a ser educada para el rol “natural e inherente” a su género desde la niñez, mientras los conflictos y la realidad de la sociedad moderna quedaban fuera de su alcance (p. 170). Llegar a la universidad se tornó en el espacio ideal para encontrar pareja, mientras evadían las pasiones del intelecto que correspondían única y exclusivamente al hombre (p. 177). Sin la oportunidad de desarrollar una identidad completa, las jóvenes fueron “condenadas a sufrir en última instancia el aburrido y difuso sentimiento de falta de propósito, existencia y participación con el mundo” (Friedan 2013, 211). La propia cultura de los Estados Unidos orillaba a sus ciudadanas a contentarse con el rol que les había sido asignado (p. 240), incapaz de concebir metas proporcionales a la habilidad de sus miembros (p. 276) o permitir que su energía creativa se aprovechara en propósitos más elevados bajo el limitado molde de ama de casa (p. 302). La única respuesta era rebelarse contra el anonimato, la despersonalización y la manipulación, con el coraje suficiente para comenzar a “ser” plenamente (p. 373).

La obra de Friedan me parece maravillosamente ejecutada, enriquecida sobre todo por los cientos de testimonios de mujeres que avalaban sus argumentos e hipótesis tras experimentarlos en su día a día. Sin duda me parece un texto con gran capacidad para transmitir la curiosidad, la confusión y el desgarrador dolor que hay detrás de la falta de identidad del ama de casa estadounidense a quien describe su obra. A través de una exhaustiva investigación, Friedan se encarga de dar voz a una sombra que acechaba a las mujeres de su época, hasta el grado de llevarlas a decir “no sé quién soy y nunca lo he sabido” (p. 281). Su manera de ejemplificar cada idea al darle voz a las experiencias de otras mujeres, retomando pruebas de incluso los aspectos más cotidianos, permiten a cualquier lector penetrar la mística femenina que relata y empatizar con sus víctimas. Lo único que considero no abarca su obra son las condiciones de mujeres carentes de su mismo nivel de privilegio por cuestiones de raza o estrato socioeconómico. El hecho de que mencione la importancia de la lucha por los derechos de la comunidad afrodescendiente para la liberación femenina sin ahondar en las experiencias de las amas de casa de raza negra, o que dedique no más de dos frases a las mujeres que pasan trece horas trabajando en una fábrica antes de volver a sus tareas en el hogar (p. 101), a mi parecer habla de una visión un tanto limitada.

Resulta evidente por qué The Feminine Mystique fue considerada una de las obras más influyentes del siglo XX. Aun medio siglo más tarde, se mantiene vigente su llamado a las mujeres para reconocerse como seres humanos, para emprender el apasionante camino de reconocer su valor y sus infinitas posibilidades.

Notas
1 Todas las traducciones en este texto son de autoría propia.

Bibliografía
Friedan, Betty. 2013. The Feminine Mystique. New York: W. W. Norton & Company.

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