Reflexiones sobre la cibernética

Alexander Raymond

La cibernética nace del impulso de analizar los sistemas desde una óptica funcionalista en la década de los 40s, buscando entender a las partes de un sistema y su organización como formadoras de un todo complejo.[1] Nociones como el “intercambio de información” y el “equilibrio dentro de un sistema” ofrecieron perspectivas innovadoras para concebir a distintos conceptos biológicos, técnicos y sociales como sistemas autorregulados que intercambian información.

La visión original no tenía precedentes: buscaba establecer un común denominador entre los sistemas vivos y las máquinas, ambos, en teoría, regidos por las ideas fundamentales de retroalimentación, homeostasis y autorregulación. Técnica y teóricamente, estas ideas son sencillas, pues se centran en la operación de algún sistema de control que mantenga algún equilibrio deseable—al menos deseable en términos del sistema que se esté analizando. Este equilibrio es alcanzado a través de la interacción de tres partes: un sensor, que detecta perturbaciones externas al sistema y las hace inteligibles para un controlador, encargado de procesar esta información y generar una serie de instrucciones para cumplir “cierto objetivo”, las cuales serán llevadas a cabo por un ejecutor, la parte que reacciona físicamente con el ambiente. A través de estos procesos, se genera un intercambio de información y reacciones entre un sistema y su ambiente, el cual se conoce formalmente como retroalimentación.[2]

Estas definiciones sencillas tienen implicaciones normativas fuertes, pues postulan que todo sistema, ya sea biológico, técnico, o social, puede ser analizado en términos de información, retroalimentación, y, últimamente, qué tan bien o mal logra cumplir el sistema sus fines. Por ello, la búsqueda de descripciones rigurosas sobre la operación de un sistema es algo que subyace a este acercamiento del análisis cibernético, y es la base de lo que se conoce popularmente como cibernética de primer orden.[3]

Conforme se asientan y profundizan estas ideas, se desarrollan aplicaciones cibernéticas en muchas ramas del conocimiento científico y social durante los 50’s y 60’s: en las matemáticas y la física, se combina la cibernética con los procesos estocásticos para formalizar a los sistemas dinámicos y la teoría del caos (que llevaron, muy rápidamente, al desarrollo de modelos dinámicos de equilibrio general en la economía). En la psicología, la idea de “configuración cognitiva” se centra en las ideas cibernéticas de estímulo-reacción. En la antropología, las corrientes funcionalistas de la sociedad la conciben como un sistema complejo y suma de sus partes elementales: normas, valores, costumbres e instituciones. En la ingeniería y computación, se abren las puertas para el desarrollo de computadoras análogas y tecnologías innovadoras como los circuitos eléctricos, los amplificadores o los primeros pilotos automáticos. Sin sorprender a nadie, la cibernética es recibida con los brazos abiertos por los centros de investigación militares, que desarrollaron misiles autoguiados y heat-seeking missiles.[4]

Mientras más complejas se volvieron estas aplicaciones de la cibernética, una serie de nuevas preocupaciones comenzaron a posicionarse en las discusiones científicas, particularmente sobre (a) las limitaciones al reduccionismo tripartita sensor-controlador-ejecutor para explicar el autocontrol de un sistema y (b) la manera en que el mismo sistema procesa información comparado con la manera en que un observador percibe ese procesamiento de información. Estas inquietudes motivaron un cambio de paradigma en la cibernética que cuestionó sus alcances reales[5] y terminó por darle un tinte epistemológico que deja atrás el enfoque sobre la comprensión de los sistemas en sí y lo sitúa sobre la cognición del observador. Preguntas centrales a este nuevo paradigma, conocido como cibernética de segundo orden,[6] son: ¿Qué tanto podemos saber realmente de un sistema al analizarlo cibernéticamente? ¿Qué limitaciones o sesgos pueden existir en el observador que alteren los resultados del análisis sistémico?

Estas nuevas preguntas surgen en un contexto donde la confianza en la técnica y en el método científico-cibernético para atender los grandes problemas sociales se ha puesto en duda. La mera formulación de cuál es el fin de un sistema, de qué debería hacer, parece depender más del observador que del sistema en sí. Lograr definir y trazar el origen de un problema, poder puntualizar la distancia entre un resultado deseado versus uno observado e identificar dónde en un enmarañado sistema causal se encuentra el problema son preguntas que el paradigma cibernético clásico no ha logrado responder. El punto aquí no es divorciarse del acercamiento sistémico, ni rechazar sus valiosas aportaciones al abordar problemas sociales. Mi punto es que si nos es tan fácil a los técnicos seguir analizando los sistemas sociales y económicos en términos de “sistemas autorregulados” y de “equilibrio”, ¿por qué titubeamos tanto al hablar de la profunda diferencia entre la intención de estos sistemas abstractos y la realidad?


Notas

[1] Pangaro y Dubberly, 2010

[2] De Domenico, 2019

[3] Pangaro y Dubberly, 2010

[4] Manzini, 2015

[5] Jonas, 2014

[6] Von Foerster, 2003

Bibliografía

Manlio De Domenico et.al (2019) Complejidad explicada. Recuperado en abril de 2022.

Minsky, M (1967) Computation: Finite and Infinite Machines. Prentice Hall Inc: Nueva Jersey, EUA.

von Foerster, H (1974) Cybernetics of Cybernetics. Urbana: Illinois, EUA.

Hugh Dubberly & Paul Pangaro (2010) “Introduction to Cybernetics and the Design of Systems”

Wiener, N (1948) Cybernetics, or control and communication in the animal and the machine. Cambridge, Massachusetts, EUA.

Pangaro, P. (2013) Cybernetics. Recuperado en junio de 2020 de https://www.pangaro.com/definition-cybernetics.html

von Glasersfeld, E. (2003) Ernst von Glasersfeld and a History of Cybernetics. Recuperado en junio de 2020 de https://www.youtube.com/watch?v=pm5u68t6kPI

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