El mito de la educación universitaria

Emilia García Caso

Para muchos la culminación del sueño americano es asistir a la universidad. Durante años se ha dicho que la educación universitaria es la llave que se necesita para poder abrir la puerta hacia un futuro más próspero y seguro. Muchas generaciones de padres han creído en esto y ponen sus esperanzas en que si logran mandar a sus hijos a la universidad estos tendrán mejores oportunidades que las generaciones anteriores a ellos.

Sin embargo, es posible que esto no sea cierto. Estados Unidos se enfrenta a una tendencia alarmante: el costo de acceder a una educación superior resulta cada vez más elevado. Esto está ocasionando que los jóvenes que desean obtener un título universitario tengan que adquirir deudas que rondan en los cientos de miles de dólares.

Cuando pensamos en universidades estadounidenses pensamos en los increíbles planteles de las Ivy League, un grupo de 8 universidades de élite ubicadas en el noreste de Estados Unidos, estas son conocidas por su exclusividad y su alto nivel académico. Es cierto que estas son importantes, siempre han marcado la pauta para el resto de las instituciones de educación superior. Sin embargo, en años recientes se han descarrilado y en lugar de velar por la educación de los jóvenes, han propiciado una competencia que busca reafirmar su prestigio.[1]

La forma que tienen todas las universidades, no sólo las Ivy League, de mostrar lo prestigiosas que son es a través de lograr una alta clasificación. Con este propósito invierten grandes cantidades de dinero en expandir sus programas, en mejorar sus residencias y en tener grandes instalaciones llenas de lujos y espacios atractivos para los estudiantes. ¿De dónde obtienen el dinero para financiar estos proyectos? De las colegiaturas, que cada vez se vuelven más altas. 

Conforme el precio generalizado de las colegiaturas va subiendo, los estudiantes se enfrentan a la necesidad de pedir préstamos cada vez mayores para poder seguir pagando su educación. Esto ocasiona que los niveles nacionales de deuda estudiantil se hayan, casi, cuadriplicado entre 2004 y 2015.


Ante estos niveles siempre crecientes de deuda, y en vista de que las universidades están invirtiendo en infraestructura y no en el profesorado, surge la pregunta: ¿es verdad que asistir a la universidad asegura una mejor educación y más oportunidades laborales?

Joseph Stiglitz afirma que, en promedio, la educación superior tiene resultados positivos en el ingreso familiar de los individuos que la obtuvieron en contraste con aquellas personas que sólo terminaron la preparatoria.[1] Sin embargo, los beneficios de asistir a la universidad impactan de forma desigual a las personas dependiendo del contexto socioeconómico del que vienen. Al mismo tiempo, a pesar de la posibilidad de pedir préstamos, el acceso a la educación superior sigue siendo profundamente desigual entre los distintos grupos socioeconómicos.

De acuerdo a datos obtenidos por Simon Marginson, en 2013 el 77% de los individuos que pertenecen al 25% de familias más ricas en Estados Unidos habían terminado una licenciatura, mientras que sólo 9% de los jóvenes provenientes del cuartil más pobre habían logrado graduarse de la universidad.[2] Marginson también presenta datos que muestran que asistir a una universidad prestigiosa en Estados Unidos no compensa las enormes desigualdades sociales a las que se enfrentan los norteamericanos sino que, al contrario, parece perpetuarlas y generar menores niveles de movilidad social.[3]

La idea de que la educación superior es la clave para mejorar la situación socioeconómica de las personas resulta ser mentira para muchas familias de bajos recursos. Acceder a ella es un privilegio casi exclusivo de quienes pueden pagarla e incluso asistir a una no garantiza la seguridad económica que comúnmente se le asocia. El sistema educativo estadounidense refuerza las desigualdades presentes en su sociedad. Según la OCDE, la probabilidad de que un estudiante cuyos padres asistieron a la universidad logre hacer lo mismo es casi 7 veces mayor que la probabilidad de que un estudiante de bajos recursos, cuyos padres no tienen una educación superior, logre obtener un título universitario.

¿Qué se puede hacer? Evidentemente, seguir dando préstamos estudiantiles y permitir que la deuda por adquirir una educación siga aumentando descontroladamente no es la solución. El gobierno de Estados Unidos podría enfocarse en políticas que incentiven a las universidades a no tratar a sus alumnos como consumidores, para que de esta forma los costos educativos no sigan creciendo. La educación debería ser un derecho, no un privilegio reservado para los más ricos y privilegiados.

Por otro lado, los jóvenes que quieren acceder a una educación superior de calidad, pero que no tienen los medios económicos para pagarlo o no quieren amarrarse a deudas impagables pueden hacer uso de la tecnología. Cada vez existen más plataformas en internet, como Coursera y EdX, que imparten clases de las mejores universidades del mundo gratis o por una fracción del costo. En esta era tecnológica el acceso al conocimiento no tiene por qué estar reservado para una minoría aventajada.

¡Es momento de reapropiarse del derecho a la educación y volver a imaginar el modelo de educación universitaria!


Notas

[1] Cfr. Marginson, Simon, “Higher Education and Society”, The Dream is Over: The Crisis of Clark Kerr’s California Idea of Higher Education, University of California Press, p. 178

[2] Cfr. Ídem.

[3] Cfr. Ibidem, p. 179

[1] Cfr. Rossi, Andrew, dir., Ivory Tower, Samuel Goldwyn Films, 2015

Bibliografía

Federal Reserve Bank of New York Consumer Credit Panel / Equifax, “Center for Microeconomic Data”, <https://www.newyorkfed.org/microeconomics/databank.html>, (6 de febrero de 2019)

Marginson, Simon, “Higher Education and Society”, The Dream is Over: The Crisis of Clark Kerr’s California Idea of Higher Education, University of California Press, p. 178-192

Rossi, Andrew, dir., Ivory Tower, Samuel Goldwyn Films, 2015

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